Domingo, 05 de Febrero 2023

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Candidatos de hojalata

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Candidatos de hojalata

Candidatos de hojalata

La mayor responsabilidad a la que puede acceder un mexicano es la Presidencia de la República. No hay otra. Ese es el vértice de la pirámide política y social. Cuando López Obrador bautiza a aquellos con esta aspiración como “corcholatos”, los reduce a la pequeñez de un trozo de lámina que, una vez usado, se depositará en el bote de la basura. ¿Tan pobre opinión tiene de sus secretarios de Estado? ¿De verdad considera que son personajes secundarios, piezas de desecho, cuya responsabilidad será “cubrir” la salida de su “jefe”? ¿Sólo él se asume capaz de conducir los destinos nacionales? ¿Piensa que el pueblo mexicano, incapaz de reflexionar y asumir compromisos, votará de acuerdo con las dádivas que se le ofrezcan? ¿Tan baja estima nos tiene?

El hecho de adelantar los tiempos políticos y la ritualidad mexicana de la sucesión, dando “la salida” a esa desenfrenada carrera de vanidades, ambiciones y egos de quienes pretenden llegar a ocupar la Presidencia, es un acto de muy grave irresponsabilidad. Los “señalados”, en primer lugar, desatienden las tareas propias del cargo que ocupan; en segundo, utilizan recursos públicos (o acuden al favor de sus “amigos”) para sufragar los gastos de su promoción; y tercero, se convierten en una marioneta que, como en el juego de las sillitas, habrá de ser eliminada, salvo quien demuestre mayor grado de sumisión a la voluntad presidencial. ¿Abyección? López Obrador lo ha dicho hasta la saciedad: está dispuesto a cualquier cosa para que se consolide el proyecto de la 4T o, lo que es lo mismo, su presencia transexenal en la vida política de México.

Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, ex presidentes de la República, coincidieron durante el Foro Internacional “Democracia y Libertad” sobre el riesgo en el que se encuentran las democracias en Latinoamérica frente a los apetitos de poder de los personajes que hoy gobiernan nuestros países. Paradójicamente, esto es resultado de la democratización de los sistemas electorales y la creación de organismos como el Instituto Nacional Electoral que, a pesar de las deficiencias que pueda tener, ha sustituido a los organismos del Gobierno responsables de las elecciones durante la preeminencia del PRI. En su lugar, se creó un órgano ciudadanizado, independiente e imparcial, que garantiza la limpieza de los comicios y que, ahora, el Presidente pretende desaparecer en un acto absolutamente regresivo.

Los vientos que soplan parecen no ser los mejores para la democracia. Las secuelas de la pandemia, los avances y masificación de la tecnología, y la injusta distribución del producto interno (a consecuencia de políticas económicas inequitativas), han hecho que el ciudadano pierda la confianza en la política y sus actores; y no es con personajes menores, independientemente de partidos, como habremos de resolver los problemas que nos aquejan. Debemos preservar los avances democráticos, fortalecer instituciones como el INE y elegir a candidatos idóneos, y no a “suspirantes”, algunos carentes de las cualidades necesarias para conducir a México. Para recuperar la confianza y garantizar el progreso, necesitamos a los mejores.
 

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