Jueves, 17 de Junio 2021

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Debemos cambiar, ¿cómo?

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Debemos cambiar, ¿cómo?

Debemos cambiar, ¿cómo?

Los seres humanos tenemos necesidad de creer en Dios, la filosofía, una idea, la historia, una persona, la ciencia, un proyecto... de lo contrario, ¿cómo podríamos explicarnos una gran cantidad de hechos y circunstancias cuyo origen ignoramos: la vida misma? Sin meternos en camisa de once varas (que para eso están los filósofos, científicos, religiosos, intelectuales y mentes excepcionales), habremos de reconocer que los habitantes del planeta Tierra tenemos una misión que cumplir y que todo, absolutamente todo, está soportado en un sistema de creencias a partir de una cosmovisión, propia o heredada, y está configurado por valores y antivalores. Cuando los valores se trastocan, la sociedad se disloca. Cuando nuestros jóvenes -mujeres y hombres- quieren ser ricos sin ser empresarios, sicarios y no médicos, jefes de plaza y no alcaldes, halcones y no estudiantes, salta a la vista que algo esta funcionando mal, muy mal.

Ahora bien, si todas las sociedades enfrentan problemas similares en la búsqueda de mejores condiciones de vida, ¿por qué los mexicanos no hemos resuelto satisfactoriamente -como otras naciones- los retos alimentarios, educativos, de salud, seguridad, vivienda, cultura y ocio? ¿Por qué, siendo la decimosexta economía del mundo, la redistribución del ingreso es irritantemente desigual? ¿Por qué la democracia en otros países es una forma de vida y entre nosotros no? ¿Es que el egoísmo domina nuestras inteligencias y el egocentrismo nubla la capacidad de asumirnos como miembros solidarios de una comunidad? ¿Es que sociedad y autoridades somos incapaces e incompetentes? ¿Será acaso que somos consecuencia de gobiernos sin más proyecto que ganar elecciones para usufructuar el poder? ¿Nuestro nivel de conciencia es muy bajo y nuestra corresponsabilidad se agota al depositar un voto? ¿Somos masa y no pueblo?

Veámonos en el espejo de la realidad. Los mexicanos fantaseamos, somos ambivalentes, nos evadimos, escapamos de las responsabilidades, en tanto que los habitantes de otras regiones las enfrentan. Es obvio que no acabamos de superar el pensamiento mágico: la fatalidad, la indiferencia y el milagro siguen siendo elementos sustantivos de nuestro perfil psicológico. Abonemos a lo anterior la ausencia de una crítica soportada en organizaciones intermedias vigorosas, comprometidas con la sociedad. Sumémosle que nuestro nivel de escolaridad e información es muy bajo y la emotividad gobierna nuestras decisiones; el resultado no puede ser otro que la injusticia y el desorden, dígalo si no, casos como la vacunación contra el COVID-19 son ejemplo de cómo no se deben de hacer las cosas. Debemos cambiar -nunca a nadie todo el poder-, de otra suerte, el futuro se presenta ominoso. El tema es cambiar, sí, pero ¿cómo? ¡Haciendo uso de nuestro voto!

La falla más grave de nuestra democracia es que el sufragio se ha transformado en una mercancía que se compra en el mercado de la irritación y la ignorancia; dinero público, y mucho de origen obscuro, es aplicado para comprometer los resultados. No podemos

evitarlo, pero sí podemos votar en conciencia… Ahora bien, ¿cambiar?, ¿para qué? Próximamente les compartiré algunas ideas.

eugeruo@hotmail.com