Sábado, 18 de Septiembre 2021

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No son cifras, tienen nombre e identidad

Por: Alberto Galarza

No son cifras, tienen nombre e identidad

No son cifras, tienen nombre e identidad

"Cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar...La vida ha sucumbido ante la muerte, pero la memoria sale victoriosa en su combate contra la nada."

Tzvetan Todorov, en La memoria amenazada. 

Ayer, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), dio a conocer el informe preliminar respecto al número de homicidios ocurridos en México durante 2020. Lamentablemente, nuestro país sigue sumido en la violencia, si durante el 2019 se reconoció que fue el año más violento del que se tenga registro, el año pasado se mantuvo en el mismo nivel y, sumado a las decenas de miles que perdieron la vida a causa de la crisis sanitaria, me atrevo a decir que México vivió el año más doloroso de su historia.
 
Para los gobiernos federal, estatales y municipales, esas víctimas dejaron de existir y se convirtieron en números. Como cifras, estos lamentables sucesos son usados para vociferar que tal o cual gobierno tiene más casos, alegrándose por que en un estado o municipio gobernado por tal o cual partido, las cosas están peores que en el mío, o para desaparecerlas y convertirlas en un “número de fosas” y olvidarlas en Semefos carentes de toda dignidad. Convertidos en expedientes en las fiscalías y juzgados, para el estado, ellas y ellos representan el pasado y ahí se deben quedar, pues es más importante pensar que el siguiente año será mejor y que, lo más importante de alcanzar la paz es para “acreditar históricamente” a un gobierno.
 
No mencionaré la cifra dada a conocer por el INEGI, pues una de las formas de banalizar lo sucedido es recordar a todas aquellas personas, hombres, mujeres, niñas, niños, padres, madres, hermanos y hermanas, como un número para representarles a todas. Esta lista se suma a los cientos de miles de años anteriores, una lista que, si decidimos nombrarlos y contar sus historias, parecería interminable. Sin embargo, es necesario, sólo conociendo cada una de las identidades que estamos perdiendo como sociedad, sólo empatizando con las familias que han perdido a lo que más querían en la vida, podremos darnos cuenta de la profunda soledad y frustración en la que se encuentran, frente a la nula respuesta de las autoridades y la propia indiferencia social.

Es necesario que en México apoyemos la reconstrucción de estas historias, escuchar a las víctimas y poner todos los esfuerzos institucionales y sociales a su disposición. La acreditación y eficacia de un gobierno, no sólo recae en reducir o aumentar cifras, sino en garantizar la justicia y la paz. Ambos conceptos requieren memoria, verdad y reparación integral de los daños, nacida preferentemente del Estado, pero que, si este no tiene rumbo, está desmoronado, es inoperante o criminal, nos toca apoyar los esfuerzos de la sociedad civil, representada por las universidades, los colectivos de víctimas, las llamadas colectivas feministas y las comunidades históricamente vulneradas, quienes son la punta de lanza de la resistencia civil.

Dejemos de considerarlos sólo como cifras, hagamos todo lo posible por comprender que cada una de las personas que han sido asesinadas en México, tienen un nombre y una identidad, y que, en un país con niveles casi totales de impunidad, gritan por obtener la justicia, que sus familias y seres queridos conozcan la verdad y, como sociedad, los recordemos y hagamos todo lo posible para que lo que les pasó a ellas y ellos, no le suceda a nadie nunca más.
 

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