Viernes, 22 de Octubre 2021

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Parodia sobre parodia igual a realidad

Por: Augusto Chacón

Parodia sobre parodia igual a realidad

Parodia sobre parodia igual a realidad

Hacer o modificar leyes en Jalisco, podemos suponer que el mecanismo, con variantes regionales, es el mismo en todos los congresos del país, equivale, en el siglo XXI, al proceso de gestación y parto de mediados del XX, y de aún antes.

En lo oscurito, dos, pueden ser más pero generalmente es uno, inoculan la imperiosa necesidad de legislar (dar, hacer o establecer leyes), las motivaciones para hacerlo son de índoles diversas; personales -porque sí, porque quiero, porque yo mando, porque me conviene-, grupales -porque sí, porque queremos, porque nosotros mandamos, porque nos conviene-, políticas -porque sí, porque queremos, porque nosotros mandamos, porque nos conviene-, sociales… bueno, este tipo de legislaciones son raras, por lo que las motivaciones subyacentes no son susceptibles de caracterizarse determinantemente, más allá de un impulso que con constancia se identifica en el germen de cada una de ellas: nomás para que no digan que todo lo hacemos porque sí o porque queremos o porque nosotros mandamos o porque nos conviene.

Una vez lograda la inseminación del cuerpo legislativo, inevitablemente llega al momento del parto. Actualmente es posible conocer el sexo del ser humano que está por nacer, con lo que, ni modo, se quitó el romanticismo del misterio que a lo largo de cuarenta semanas se incubó en el vientre materno: ¿qué será? A cambio obtuvimos la posibilidad de saber, y no está mal, es práctico en muchos sentidos, por ejemplo, es una incursión de la masa a los avances de la ciencia. El caso es que, en lo legislativo, con todo y las ventajas que tiene el conocer las leyes en gestación (antes de que se aprueben), implicaría aquiescencia hacia los avances de la democracia expresada en la participación de las y los ciudadanos en aquello que les atañe, preferimos, es decir, prefieren quedarse atados a las costumbres rancias. El círculo externo a los devaneos de los y las parturientas, los diputados, especula: qué dirá la ley, ¿será buena? Los analistas experimentados aventuran métodos para conocer la índole de la cría de precepto por venir: una aguja pendiente de un hilo puesta sobre la barriga de la Constitución, si forma círculos al moverse se llamará norma… etc.; la forma que dibujen los legisladores en sus curules, los presentes a la hora de la votación, si el contorno, visto desde arriba, termina en vértice, más que esférico, entonces será un transitorio… etc; o por el tipo de refrigerio, antojitos, que los ujieres sirven a los hacedores de leyes mientras toman las más graves decisiones; en fin, no falta quien predice con los criterios más extraños, excepto el de la participación democrática que facilitaría el trance a todos y honraría aquello de que las y los diputados son representantes populares. Al cabo, la opinión pública apiñada alrededor de la “sala de partos”, nerviosa, no conoce de antemano el género de la ley o reforma que está por ver la luz en el pleno, es apenas hasta que suelta el primer berrido, la opinión pública, no la ley, que se conoce el para que, pero sobre todo el para quien.

Pero esto, todo esto no es estático. A últimas fechas ha habido retrocesos. Los diputados eligen algunos sujetos para mostrarles lo que equivale a imágenes de ultrasonido de la inminente legislación; como que sí está ahí, susurran, si miran de reojo ciertos ángulos de la lámina parece que en efecto, es una ley; los elegidos, sea cual sea su género, agradecidos por la magnanimidad, revisan la representación codificada, la ven a trasluz, algo les susurra, sí, pero no saben bien a bien qué, pretenden descifrar el todo figurado en las partes exclamando: qué honor, y terminan por soltar una opinión (de eso se trata): creemos que va a ser una leyecita muy buena que, andando el tiempo, hará sonreír a muchos; con semejante dictamen en la conciencia, los parlamentarios, mujeres y hombres, se congratulan por su altura cívica y ética, y consuelan a su grey: si sale mal la modificamos o la arrumbamos y hacemos otra. En la conclusión del lance el resultado no varía desde hace décadas: la opinión pública se desgañita por el esperpento recién venido a la república, al estado, uno que, aunque no les guste, regirá una porción de sus vidas.

Nos han dado, durante un siglo, una pila de leyes, de la Constitución a los reglamentos de policía y buen gobierno, para cada aspecto importante para la sociedad, educación, vivienda, seguridad, justicia, salud, incluso han tratado, quienes manufacturan los códigos, de poner al país a día: ¿derechos humanos? Cómo no. ¿Género, mujeres? Nomás eso faltaba. ¿Medio ambiente, cambio climático? Sus deseos son órdenes. ¿Pueblos originarios? A la orden. Y energía y nuevas tecnologías y mucho más. Así, puestos ante lo que es ahora la vida en comunidad, frente a lo que los individuos pueden esperar del orden que precede, teóricamente, al progreso, mítico, no es un despropósito inferir que ha servido de poco; cientos de miles de seres humanos asesinados cada seis años; impunidad insultante; desigualdad indignante… Desarrollarse en este país es un puro azar, lo central no es el anhelo nacional hecho leyes, sino en dónde se nace, en cuál familia, con qué color de piel, en medio de cuál estrato socioeconómico; el resto es arreglárselas para, al menos, no estar peor que los padres. 

Lo patético (sí, hay más) es que en cada legislatura descuella la diputada o el diputado, pueden ser más de uno, que se justifica tras la sacrosanta técnica legislativa para ir por el mundo como si en verdad hiciera o siquiera pensara en el bien social, técnica que seguramente comienza con un axioma: la vergüenza pasa, el oro se queda en casa; oro como símbolo de su búsqueda última, poder, influencia, permanencia en el “servicio público”, dinero.

agustino20@gmail.com

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