Jueves, 29 de Septiembre 2022

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Suplementos | XVIII Domingo Ordinario

“Corazones abiertos”

Las lecturas de hoy nos ayudan a entender cuál es el problema de la “riqueza”: olvidarse de Dios, acaparar y no compartir con los demás

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«'¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?' Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios». WIKIPEDIA/«La parábola del rico insensato», de Rembrandt.

«'¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?' Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios». WIKIPEDIA/«La parábola del rico insensato», de Rembrandt.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Ecl 1, 2; 2, 21-23.

«Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no lo trabajó. Esto es vana ilusión y gran desventura. En efecto, ¿qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa. ¿No es también eso vana ilusión?»

SEGUNDA LECTURA

Col 3, 1-5. 9-11.

«Hermanos: Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos juntamente con él.

Den muerte, pues, a todo lo malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es una forma de idolatría. No sigan engañándose unos a otros; despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen.

En este orden nuevo ya no hay distinción entre judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos».

EVANGELIO

Lc 12, 13-21.

«En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes? Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”».

“Corazones abiertos”

En medio de una sociedad de consumo que prima el tener sobre el ser, casi nadie se libra de ser tentado o manipulado por la propaganda del bienestar que establece la “felicidad” humana en la opulencia, en producir y consumir, en tener y gastar. Es por ello que esta liturgia dominical nos viene bien, es una muy buena herramienta que nos ayuda a entender cuál es el problema de la “riqueza”.

El problema de este hombre rico que aparece en el evangelio no es que sea rico, ni que se preocupa por asegurar su porvenir, lo grave y triste del asunto es que se ha desentendido de Dios, no vemos que agradezca lo abundante que ha sido su cosecha, tampoco leemos ningún interés por compartir, pero sí un pronto plan para acaparar todo para sí mismo. Este es un buen ejemplo de cómo una persona llega a idolatrar su dinero y sus haberes.

De ordinario vemos que los conceptos de pobreza y de riqueza que tiene el mundo no coinciden con los de Dios. ¿Qué es un rico o un pobre para Dios? Es pobre ante Dios el que amontona riquezas para él solo, cerrado a los valores del Reino y al compartir con los demás; es rico, en cambio, el que mantiene su vida y su corazón abiertos a Dios y sabe poner al servicio de los demás sus bienes, su abundancia o su escasez.

Está bien que todos queramos ser felices, mejor aún, que busquemos ser ricos. Es lo que también quiere Dios: que todos sus hijos vivan bien, que no les falte lo necesario, ya que la miseria material no es un bien en sí mismo. Esto nos debe ayudar a entender que el bienestar no es una aspiración despreciable, ¡claro!, siempre y cuando no se logre a costa de valores superiores como la libertad de espíritu, la disponibilidad, la apertura y confianza en Dios, el compartir con los que no tienen, el respeto a los derechos de los demás, el desprendimiento de lo superfluo para uso de los demás.

Las riquezas endurecen el corazón y apartan de los hermanos. Es el peligro al que estamos expuestos si no vemos en el prójimo a Dios, “que hace salir el sol para buenos y malos” (Mt. 5, 45). Quien no es solidario tiene el corazón encallecido y su razón enturbiada por el egoísmo devorador.

El verdadero discípulo de Jesús no tiene que sentir vanidad ni sin sentido cuando deja parte de lo suyo para ayudar al que no trabaja. Quien trabaja con sabiduría y comparte su labor con el que no tiene, vive con la alegría de quien invierte, cambia, la desigualdad, de tal modo que su actuación nivela la sociedad, produce bienestar y hace presente en el mundo el Reino de Dios.

Sería bueno ponernos por un momento al final de nuestra vida y pensemos: ¿Qué podemos llevarnos sino lo que hayamos invertido en el amor a Dios y al prójimo? Lo que has acumulado, ¿de quién será?

Ignacio de Loyola, conversación y creación (a 501 años de su conversión)

Pamplona, 1521, un español, de una casa noble pero venida a menos, cayó por un disparo de cañón ante el ataque de los franceses. Había ido a defender los derechos de su rey, apoyar a un antiguo bienhechor de su familia y ganar con ello el prestigio suficiente que le diera altura en la corte española. Todo se derrumbaba con las defensas españolas de la ciudad. Íñigo de Loyola estaba destruido, piernas y honor. Pero ahí empezó otra historia.

Largos meses de operaciones y recuperación prodigaron un silencio y apertura a una esperanza desconocida. No era la vida para gastarse en lograr reconocimiento y poder, sino que podía convertirse en gratitud por el bien recibido con la vida, que se convertía en entrega y ayuda para quienes de ella pudieran servirse. Este fue el norte que dirigió los pasos del hijo menor de los Loyola, Íñigo, hasta la villa de Manresa, que lo recibió en sus cuevas con una experiencia de profunda verdad. Del silencio de las cuevas, Íñigo aprenderá a valorar cada palabra y signo como una comunicación directa del Creador del universo que, no habiendo terminado su tarea de crear, ahora le hacía una propuesta de colaboración con la otra persona, con el prójimo, con las “ánimas” necesitadas y confundidas en tanta oscuridad. Colaborar con el Creador se convirtió para Íñigo en un ejercicio: conversar, no para dar consejos, sino para ayudar a la persona a descubrir al Creador que la habitaba y que la consideraba digna, también, de colaborar con Él.

Fueron estas conversaciones las que convirtieron a Íñigo en Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y maestro para acompañar a las personas a descubrir la voz de Dios en su corazón. Hoy, en una tierra adolorida de desapariciones, violencias, asesinatos y desesperanza, necesitamos recrear esas conversaciones para descubrir de nuevo lo que nos falta por crear, la vida que todavía no hemos logrado inventar, la que sí pueda ser compartida por todas las personas, porque el Creador confía en nosotros y todavía tenemos mucho que dar.

Pedro Reyes, SJ - ITESO
 

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