Domingo, 24 de Octubre 2021

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Suplementos | Vigésimotercer domingo del tiempo ordinario

La cercanía de Jesús

El Evangelio de hoy nos llama a  replicar en nuestra vida las actitudes y acciones que Jesucristo tuvo con todos los enfermos, marginados, pobres, y pecadores

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos». WIKIMEDIA/«Curación del ciego de nacimiento», de El Greco

«¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos». WIKIMEDIA/«Curación del ciego de nacimiento», de El Greco

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Is 35, 4-7.

«Esto dice el Señor:
“Digan a los de corazón apocado:
‘¡Animo! No teman.
He aquí que su Dios,
vengador y justiciero,
viene ya para salvarlos’.

Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos
y los oídos de los sordos se abrirán.

Saltará como un venado el cojo
y la lengua del mudo cantará.

Brotarán aguas en el desierto
y correrán torrentes en la estepa.
El páramo se convertirá en estanque
y la tierra seca, en manantial”.»

SEGUNDA LECTURA

St 2, 1-5.

«Hermanos: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos. Supongamos que entran al mismo tiempo en su reunión un hombre con un anillo de oro, lujosamente vestido, y un pobre andrajoso, y que fijan ustedes la mirada en el que lleva el traje elegante y le dicen: “Tú, siéntate aquí, cómodamente”. En cambio, le dicen al pobre: “Tú, párate allá o siéntate aquí en el suelo, a mis pies”. ¿No es esto tener favoritismos y juzgar con criterios torcidos?

Queridos hermanos, ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?»

EVANGELIO

Mc 7, 31-37.

«En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Ábrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”».

¡Ábrete!

¡Effetá! Marcos, el evangelista, no cambia al griego en que está escrito su Evangelio, esta palabra aramea. Tal vez quiere con ello recordarnos que la palabra salió de los labios de Jesús, y así se lo transmitieron las comunidades que recordaban el evento. Le contaron la fuerza que sintieron cuando Jesús lo dijo, así como de la alegría en su expresión. Tal vez era la alegría de quien sabía que no se trataba de una persona con grave discapacidad física, sino de un símbolo de lo que Dios quería ofrecer a la humanidad.

Ser sordo, en Israel, no era meramente una enfermedad o discapacidad. La sordera simbolizaba los oídos encerrados únicamente en sus pensamientos, quejas o demandas, incapacitados para dar un espacio de acogida donde otras palabras pudiesen tener lugar. El de “oídos cerrados” era paradigma en Israel de quien se había torcido sobre sí mismo, que es uno de los significados del “pecado” cuando es iniquidad. La persona había olvidado los caminos del encuentro con los demás, y se había concentrado solamente en sí misma, empequeñeciendo desde ahí, violentamente, al mundo y las criaturas que lo habitaban.

A la sordera seguía la mudez; no la de no poder pronunciar sonido o manera de articularlo, sino la de las palabras que no llegan nunca al acto comunicativo, porque no quieren en realidad ponerse en común, sino batirse en duelo (de sordos) donde solo se pretende sumisión. Ahí las palabras pierden su sentido y se convierten en medio de dominación, en vez de medio de comunicación para formar comunión.

Por eso Jesús recibe con alegría a este hombre que se acerca o la decisión de quienes lo llevan, porque reconoce en ese gesto la compasión de Dios que viene a encontrarnos en los laberintos más profundos e inextricables en que nos sumergimos. ¡Effetá!, le dice (que en español decimos “¡ábrete!”). ¡Ábrete a la comunicación de la palabra, a la tarea de forjar la comunión enriquecida en la diversidad de ideas! ¡A la gratitud por la comunidad en que hemos sido forjados, único espacio donde nuestra palabra puede tomar su verdadero lugar!

Pedro A. Reyes, SJ - ITESO

“La cercanía de Jesús”

Cercanía, es la actitud que Jesús tuvo con todas aquellas personas que, en su tiempo, eran despreciadas y marginadas. Hoy, el evangelio nos presenta la conmovedora escena del encuentro de un sordo con Jesús. Aquí, es donde Cristo manifiesta su cercanía al ser humano que sufre, a un hombre que ha perdido su capacidad auditiva. Seguramente resulto sumamente sorprendente para quienes fueron testigos de este momento, primero, que Jesús hiciera un alto en su camino y se acercara a un enfermo, a un hombre rechazado por todos, tenido por nada, recordemos que no estaba permitido acercarse a un enfermo; segundo, no sólo se acerca, fue más allá, lo tocó, lo curó, lo amó. Seguro que para este hombre ese encuentro cambio totalmente y para siempre su vida. Se sintió atendido, respetado, y acogido en su limitación.

Si llevamos a la oración y la reflexión personal este evangelio, nos vamos a encontrar con la invitación directa, de parte de Dios, a replicar en nuestra vida las mismas actitudes y acciones que Jesús tuvo no solo para con este hombre sordo, sino para con todos los enfermos, marginados, pobres, y pecadores.

Hoy sigue habiendo muchos que viven en esas condiciones, hombres y mujeres enfermos y abandonados, pobres olvidados y segregados por la sociedad, pecadores que viven abrumados por la falta de misericordia en los demás. No encuentran una mano presta para servirle, un oído pronto a escucharlo, unos brazos que ofrezcan refugio, o un corazón que se compadezca de ellos.

Cualquiera de nosotros podría pensar que es muy complicado, que suena imposible, que no tenemos el poder para hacerlo. Pero el Señor nunca nos ha pedido tanto, solo nos pide algo: “Trátalo como un ser humano, con dignidad, con misericordia”. Siendo así, es hora de examinar nuestra conciencia, de recapitular aquellos momentos en los que nos hemos encontrado con aquel que me pide una monedita para subsistir, el que vaga en la vía pública tal vez sin bocado alguno, aquel que aparenta locura, los hijos de la calle, el que está enfermo, el que necesita que lo escuchen, quien te pide un consejo; en fin, con todos aquellos que están necesitados. ¿Somos cercanos a ejemplo de Jesús, les trato con dignidad, soy misericordioso con ellos?

Ánimo, que la tarea de Dios es maravillosa, ahora nos toca a nosotros hacer que nuestro encuentro con el otro sea renovador, lleno de paz, lleno de amor.

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