Sábado, 23 de Octubre 2021

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Suplementos | Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario

“La fuerza nos viene de Dios”

"Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera"

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios». WIKIMEDIA/«La institución de la Eucaristía», de Gérard de Lairesse

«Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios». WIKIMEDIA/«La institución de la Eucaristía», de Gérard de Lairesse

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

1 Re 19,4-8. 

«En aquellos tiempos, caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo: “Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres”. Después se recostó y se quedó dormido.

Pero un ángel del Señor llegó a despertarlo y le dijo: “Levántate y come”. Elías abrió los ojos y vio a su cabecera un pan cocido en las brasas y un jarro de agua. Después de comer y beber, se volvió a recostar y se durmió.

Por segunda vez, el ángel del Señor lo despertó y le dijo: “Levántate y come, porque aún te queda un largo camino”. Se levantó Elías. Comió y bebió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios».

SEGUNDA LECTURA

Ef. 4, 30-5, 2.

«Hermanos: No le causen tristeza al Espíritu Santo, con el que Dios los ha marcado para el día de la liberación final.

Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo.

Imiten, pues, a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios».

EVANGELIO

Jn 6, 41-51.

«En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y decían: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”

Jesús les respondió: “No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida’’».

“La fuerza nos viene de Dios”

El protagonista de la primera lectura que hoy se nos ofrece en la liturgia dominical es el profeta Elías. Un hombre que defendió la fe en un único Dios verdadero en medio de un pueblo idolatra, politeísta, y corrompido por los poderosos. Perseguido por el rey Ajab, el profeta debe huir al desierto donde le espera la fatiga, la sed, el cansancio, el hambre, y la dura tentación del desierto. Más deseaba la muerte que seguir viviendo en medio de rechazos de parte de los demás. Pero Dios dio a la debilidad de su profeta un alimento con tal fuerza que le hizo capaz de sobrellevar esas contrariedades de su vida.

El caso de este profeta, salvando las distancias y diferencias, pareciera replicarse en la vida actual. Ante el amenazante crecimiento de la falta de fe, los golpes inesperados que da la vida, cuando no vemos a Dios en el horizonte, es entonces cuando aparece el cansancio de nuestra fe.

Estos síntomas nublan nuestro panorama, van desgastando el amor y la ternura que hay en el ser humano, las razones de creer se desvanecen y con ellas nuestra esperanza, el optimismo, la ilusión de vivir, la convivencia y la solidaridad, y tantos otros valores que parecían inconmovibles y en los que descansábamos muy seguros.

¿Dónde encontraremos nuestra fuerza? Cuando parece que nada tiene sentido o que todo está perdido, viene la receta de Dios en un Alimento que puede vigorizarnos si escuchamos a Dios y creemos en Jesús, palabra del Padre y pan de vida. Ambas realidades, la fe y el pan eucarístico, dan vida eterna. Si creemos de manera auténtica, seremos capaces, al igual que el profeta Elías y muchos otros que nos han precedido, de realizar con éxito la travesía del desierto de nuestras vidas sin desfallecer confiados siempre en Dios. Si el profeta Elías no hubiera sido ayudado en la depresión y total indefensión en que se encontraba, ciertamente habría muerto. Él solo no hubiera sido capaz de sobrevivir a la crisis.

Es por eso que, como segunda idea para nuestra reflexión personal y aplicación de la palabra de Dios en nuestra vida diaria, así como aparece en la imagen bíblica la figura del ángel enviado por Dios para fortalecer al profeta, de alguna manera Dios nos invita a ser ese mismo ángel que ayude a reaccionar a quien esté hundido en la desesperanza; a ser un punto de apoyo; a pronunciar una palabra de estímulo y esperanza.

Busquemos nutrir nuestra vida espiritual con la oración y la participación en la Eucaristía de manera que tengamos la fortaleza interior para afrontar los obstáculos que trae la vida. Y pidámosle a Dios nos ayude a ser solidarios y tender la mano a todos aquellos que se sientan agobiados por la carga que llevan en sus vidas.

La Retama

En el desierto, en donde la vida se esconde, brota con la suave brisa de humedad la retama, arbusto resistente a la sequía que, al fijar el nitrógeno de la atmósfera en terrenos agrestes, ayuda a restaurar los suelos degradados. La manifestación de Dios se hace presente en ese matojo que florece en el yermo. El profeta Elías, desilusionado y al borde del desfallecimiento, descansa bajo la sombra escuálida de la retama, ahí se fortalece para seguir su camino.

Por la pandemia y sus efectos devastadores, muchos de nuestros hermanos se sienten con pocas fuerzas para seguir caminando; en la cotidianidad trastocada, la ansiedad y la angustia no les permiten vislumbrar un horizonte esperanzador. Ante el páramo polvoso se necesita abrir el corazón, agudizar la mirada y encontrar “la retama” que permite, bajo sus ramas grisáceas, descansar y fortalecer el cuerpo para seguir el camino marcado por Jesús.

La fuerza que se necesita para caminar en senderos complejos se encuentra en el Espíritu Santo con el que hemos sido marcados.  Ciertamente, esa marca de amor del Espíritu se ha impregnado del polvo de los caminos agrestes, se ha ensombrecido por la tristeza ante las pérdidas de seres queridos, el egoísmo y actitudes poco solidarias; pero hay que recuperar esa marca para sentirnos parte de una comunidad que ha sido escogida por Dios para ser su Pueblo.

La Palabra trasmitida en el evangelio de Juan nos recuerda que Jesús muestra el camino para llegar al Padre. Para asimilar esa Palabra hay que encontrar “la retama”.  La entrega total y gratuita en el servicio hace realidad el Reino del Padre.  El pan de vida nos nutre y fortifica corporal y espiritualmente; nos ayuda a seguir caminando. Como dice el Papa Francisco, la comunión es el alimento que fortalece el corazón para seguir a Jesucristo.

En esta tercera ola de la pandemia hay que cuidarse y cuidar a los otros.  Aunque es difícil participar presencialmente en las eucaristías, hay que fortalecernos colectivamente con la “comunión espiritual” y hacerla realidad mediante la entrega fraterna, en el servicio a los otros al igual que Jesús.

Luis Octavio Lozano, SJ - ITESO

 

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