Miércoles, 02 de Abril 2025
Cultura | IV DOMINGO DE CUARESMA

Evangelio de hoy: ¿Por qué alegrarse en medio de la penitencia de estos días?

Este domingo nos invita a alegrarnos de aquellos que han experimentado la misericordia de Dios como Padre y ahora regresan al seno de la iglesia

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado». WIKIPEDIA/«El retorno del hijo pródigo», de Rembrandt

«Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado». WIKIPEDIA/«El retorno del hijo pródigo», de Rembrandt

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA:

Josué 5, 9. 10-12 . 

«En aquellos días, el Señor dijo a Josué: “Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto”.

Los israelitas acamparon en Guilgal, donde celebraron la Pascua, al atardecer del día catorce del mes, en la llanura desértica de Jericó. El día siguiente a la Pascua, comieron del fruto de la tierra, panes ázimos y granos de trigo tostados. A partir de aquel día, cesó el maná. Los israelitas ya no volvieron a tener maná, y desde aquel año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán».

SALMO: 

Salmo, Sal. 33.

R. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. 

SEGUNDA LECTURA

2 Corintios 5, 17-21 

«Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque, efectivamente, en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es  Dios mismo el que los exhorta a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios.

Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos».

EVANGELIO

Lucas 15, 1-3. 11-32

«En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”».

Recrear la realidad

“El que vive según Cristo, es una creatura nueva”, dice san Pablo a los corintios. Pero para vivir de tal manera -menciona el apóstol- es fundamental dejarse “reconciliar con Dios”, lo que supone querer enmendar el desajuste de nuestra vida -de nuestra realidad-, e implica siempre una búsqueda de verdad y justicia. La disposición a reconocer auténtica y honestamente lo reprobable y dañino de nuestras acciones, así como la determinación de dejar de lado todo lo que nos aleja de los demás y la decisión de ir humildemente al encuentro de nuestro prójimo y de Dios, son actitudes que comienzan a recrear la realidad, la propia historia, la propia vida. 

Ese proceso es el que Jesús, en el evangelio de san Lucas, nos ilustra sobre aquel que, envenenado por su egoísmo, derrocha todo lo que se le entrega para, a final de cuentas, padecer su propia mezquindad y sentir que se muere de hambre. En el reconocimiento de su miseria humana se percata que su padre, quien le dio todo, representa su única esperanza para sobrevivir. Será la humildad la actitud indispensable con la que podrá regresar a la casa paterna, pues sólo un corazón humilde reconoce sus yerros: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti”. El padre no sólo saciará la petición del hambriento que regresa, sino que colmará de misericordia y cariño a ese hijo que ya consideraba muerto.   

Recientemente en este país se han difundido noticias aterradoras en relación con sitios y casos de personas desaparecidas, y también se ha mencionado a quienes, con lo poco que pueden y tienen, buscan contra viento y marea a sus seres queridos. Tal situación, y otras tantas muy similares que desdichadamente ya se han hecho cotidianas, evidencian una sociedad a la que le urge verdad, precisa reconocer su propia miseria moral y requiere justicia. No hay que perder de vista que el egoísmo que ciega y pervierte siempre tiene como consecuencia el olvido del sufrimiento de los demás, el olvido de la fraternidad y de nuestra propia capacidad de amar. Nunca es tarde para volver a ese Padre misericordioso que reconcilia, consuela y recrea el corazón.

Arturo Reynoso - SJ ITESO

¿Por qué alegrarse en medio de la penitencia de estos días?

En nuestro itinerario cuaresmal, la palabra de Dios nos ha estado invitando constantemente a la conversión del corazón. Es un llamado a volver a nuestro origen para reconocer que el pecado no nos define, pues, lo que realmente nos define es todo aquello que Dios ha puesto en nuestro corazón a disposición del reino de Dios. 

Hoy encontramos en el evangelio la parábola del Padre misericordioso. Un joven pide la herencia a su padre y este la despilfarra en placeres hasta quedarse sin nada, pero recapacita y decide volver a su padre. El padre al verlo a lo lejos, antes de juzgarlo por sus actos, tiene una mirada de misericordia, no ve en él a un despilfarrador, sino a su hijo y lo recibe con una fiesta por la alegría de recuperarlo. 

El hermano mayor que estaba en el campo experimenta un sentimiento que puede ser familiar para algunos cristianos. Al llegar escucha la alegría de la fiesta por su hermano que había vuelto, y reclama a su Padre por no darle ni un cabrito para comérselo con sus amigos. Él nunca le ha fallado, no se aparta de su casa, y no entiende la actitud de su padre hacia su hermano que ha hecho todo lo contrario. 

La actitud del padre es de misericordia, se enternece, perdona y se alegra. 

Este domingo nos invita a alegrarnos de aquellos que han experimentado la misericordia de Dios como Padre y ahora regresan al seno de la iglesia. Que haciendo caso al llamado de los apóstoles: “déjense reconciliar con Dios”, han sido reconciliados por medio de Cristo. Así lo escuchamos en la segunda lectura.

Esta fiesta de alegría nos invita a recibir a nuestros hermanos que estaban en el desierto espiritual con el banquete de la eucaristía, el alimento que verdaderamente puede saciar el hambre del corazón. El libro de Josué nos recuerda como el pueblo de Israel celebró la pascua al entrar en la tierra prometida, como una prefiguración de la Pascua de Cristo en la última cena, donde instituyó la eucaristía, alimento para los hijos de Dios.

En este día estamos invitados a alegrarnos por la conversión de los que se habían alejado, recordando que Dios ha sido misericordioso con nosotros.

Que la Virgen María nos ayude a disponer nuestro corazón para acoger en el ceno de la iglesia a quienes con un sincero corazón se acercan a Dios, el Padre misericordioso, y si estas en el camino de la conversión, la respuesta del Salmo es para ti: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”.

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