Domingo, 01 de Marzo 2026

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Cultura | IV Domingo ordinario

Evangelio de hoy: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús». WIKIPEDIA/«Transfiguración», de Alexander Ivanov

«Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús». WIKIPEDIA/«Transfiguración», de Alexander Ivanov

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Génesis 12, 1-4a

«En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió, como se lo había ordenado el Señor».

SEGUNDA LECTURA

2 Timoteo 1, 8b-10

«Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.

Este don, que Dios nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio».

EVANGELIO

Mateo 17, 1-9

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”».

El caballero de la fe

El capítulo 12 del Génesis va a desarrollar el llamado “ciclo de los patriarcas”, con el que la escritura bíblica presenta el inicio de una historia fundamentada en una promesa que implicará una confianza total, confianza que en momentos parecerá incomprensible, pero cuya finalidad será la de establecer una alianza basada en el amor divino y en la cariñosa gratitud y fidelidad humanas.

Después de la Creación, del diluvio y del episodio de la torre de Babel (ese desafío a Yahvé, resultado de la arrogancia humana), el relato veterotestamentario presenta el llamado del Señor a Abraham: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré”. La escena parece poco alentadora, pues se invita a dejar las propias seguridades consolidadas con el tiempo para arriesgarse a iniciar un camino desconocido, cuyo buen término sólo lo garantiza la voz de Dios en el corazón. Abraham y su mujer, Sara, no son una pareja con la fortaleza de la juventud, sino que son de edad avanzada y sin hijos. La apuesta del Señor es por quienes hoy, por su edad, serían considerados como descartables por una mentalidad actual muy vigente que excluye a los vulnerables. Pero es a partir de esa vulnerabilidad que Dios decide dar inicio nuevamente a un proyecto de alianza y confianza con la Creación.

Siglos después, ante una humanidad que tristemente seguirá necia e infiel, Dios trinitario, en la “su eternidad”, como expresa san Ignacio de Loyola en la contemplación de la Encarnación de sus Ejercicios Espirituales, decidirá hacer redención del género humano, y el Hijo será quien se encarne para reconciliar y salvar a esa humanidad al establecer con ella una nueva alianza, la definitiva. Jesucristo será el auténtico Cordero pascual, el Hijo “muy amado” del Padre, como se asienta en la Transfiguración, cuyo amor, cuerpo y sangre serán, por fin, el nuevo salvoconducto que ofrecerá a hombres y mujeres la vida libre, plena, total. Hoy, en una realidad donde sigue habiendo muerte, amenazas, inseguridad, desapariciones, miedos y mentiras, urge nuevamente tener la esperanza de Abraham, el “caballero de la fe” -como diría de él Søren Kierkegaard-, para buscar el camino que realmente genere vida.

Arturo Reynoso, SJ-ITESO
 

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