Sábado, 31 de Enero 2026

Entre la traición y la leyenda: la otra cara del general Huerta

Con el texto “Los malos de la historia”, el investigador Servando Ortoll, invita a cuestionar los relatos únicos y a distinguir entre mito, propaganda y evidencia histórica

Por: El Informador

Portada del libro “Los malos de la historia”, del investigador Servando Ortoll. ESPECIAL

Portada del libro “Los malos de la historia”, del investigador Servando Ortoll. ESPECIAL

La figura de Victoriano Huerta ha permanecido durante más de un siglo asociada a la traición, la crueldad y el autoritarismo. En la narrativa escolar y en buena parte de la historiografía tradicional, su nombre suele aparecer acompañado de calificativos demoledores y de una responsabilidad directa en el derrocamiento y asesinato de Francisco I. Madero. 

Convertido en arquetipo del villano político, Huerta ha sido reducido con frecuencia a sus apodos más feroces y a una versión lineal de los hechos. Sin embargo, un nuevo estudio histórico busca desmontar esas certezas y devolver matices a uno de los personajes más denostados del pasado mexicano.

En el libro “Los malos de la historia”, el investigador Servando Ortoll propone revisar críticamente los juicios heredados sobre Huerta. A partir de documentos diplomáticos, crónicas de época y testimonios poco explorados, el autor plantea dos tesis provocadoras: Huerta no inició el golpe de Estado contra Madero y tampoco existe prueba concluyente de que ordenara su ejecución. Según Ortoll, la caída del gobierno maderista fue resultado de varias conspiraciones simultáneas, tejidas por distintos actores políticos y militares, a una de las cuales el general terminó sumándose, pero sin haber sido su arquitecto principal.

El historiador sostiene que la acusación de asesinato se apoya más en repeticiones que en evidencias verificables. Para respaldar su postura recurre, entre otras fuentes, al libro “The Political Shame of Mexico” (1914), de Edward Bell. En ese texto se describe una reunión clave para decidir el destino de los prisioneros revolucionarios en la que Huerta, lejos de promover la muerte de Madero, habría reaccionado con furia ante esa posibilidad. Según ese testimonio, intentó impedir la ejecución y, al no lograr convencer a los presentes, abandonó el lugar dando un portazo.

Ortoll también recupera relatos sobre la reacción del militar cuando recibió la noticia del asesinato. Algunos asistentes a una reunión posterior lo describieron pálido y visiblemente afectado. Para el investigador, esos indicios apuntan a un grave error político, a negligencia o incapacidad para controlar a sus subordinados, pero no necesariamente a una orden directa. Huerta, afirma, podía ser duro y hasta sanguinario como jefe militar, pero no actuaba de forma torpe contra su propio interés estratégico.

El retrato que emerge es el de un profesional de las armas antes que un ideólogo. Formado en la disciplina castrense y en la obediencia jerárquica, buscaba ante todo reconocimiento como general eficaz. La Presidencia, bajo esta lectura, no fue un sueño largamente acariciado sino una coyuntura que decidió aprovechar cuando consideró que otros aspirantes, como Félix Díaz, no estaban a su altura.

Lejos de una ruptura absoluta, Ortoll señala que Huerta y Díaz mantuvieron contacto incluso después de sus respectivas caídas, lo que sugiere relaciones políticas más complejas de lo que suele afirmarse. Asimismo, propone que la demonización sistemática del personaje comenzó casi de inmediato tras su derrota, impulsada por la necesidad de sus vencedores de legitimar su propia versión de la Revolución y magnificar su triunfo moral.

Más que absolver a Huerta, el libro invita a cuestionar los relatos únicos y a distinguir entre mito, propaganda y evidencia histórica. La figura del “usurpador” aparece así menos como un monstruo aislado y más como un actor ambiguo dentro de una trama convulsa donde la verdad, como suele ocurrir, quedó atrapada entre vencedores, derrotados y versiones interesadas.

Con información de El Universal

CT

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