El futbol, en su estado más puro y melancólico, se mide a través de las botas de Luka Modric. Con la reciente eliminación de Croacia ante Portugal por 2-1 en los dieciseisavos de final de la Copa del Mundo, el planeta entero ha contenido el aliento ante lo que parece el cierre definitivo de un ciclo idílico. A sus 40 años, tras confirmarse los reportes sobre su inminente retiro del futbol profesional, el eterno '10' balcánico se despidió de la máxima competición tras firmar una fase de grupos memorable, donde se convirtió en el asistente más longevo en la historia de los Mundiales al asistir a Nikola Vlašić frente a Ghana.El andar profesional de este genio menudo comenzó hace 23 años, en 2003, con el Zrinjski Mostar, antes de deslumbrar con el Dinamo Zagreb. Forjado entre las dificultades de una infancia marcada por la guerra de independencia de su país, Modrić desarrolló una resiliencia y una visión de juego periférica única, convirtiendo el golpe exterior de su botín derecho en una de las mayores obras de arte contemporáneas de este deporte.Su trayectoria en los Mundiales abarca cinco ediciones, debutando con apenas unos minutos en Alemania 2006. Tras la ausencia de su selección en 2010 y una amarga fase de grupos en Brasil 2014, el cenit de su carrera llegó en Rusia 2018. Aquella Copa del Mundo fue su obra maestra: guio a una indomable Croacia hasta una histórica final y se adjudicó el Balón de Oro del torneo, rompiendo la hegemonía de Messi y Ronaldo. Cuatro años más tarde, desafiando toda lógica biológica en Catar 2022, Modrić volvió a frotar la lámpara para colgarse la medalla de bronce, sumando un total de 19 partidos mundialistas que representan más de la mitad de los encuentros jugados por Croacia en toda su historia en este certamen.Entre sus mejores partidos se recordará siempre aquella exhibición imperial en la fase de grupos de 2018 frente a Argentina, donde anotó un golazo de media distancia, y las agónicas prórrogas ante Dinamarca, Rusia e Inglaterra, donde corrió como si el tiempo no hiciera mella en sus piernas. Su último baile en 2026, capitaneando a los suyos en Toronto, simboliza el adiós de un mediocampista irrepetible. El mundo se inunda hoy de nostalgia; se va el futbolista que demostró que la grandeza no se mide en centímetros, sino en la elegancia con la que se distribuye el balón.SV