Viernes, 27 de Mayo 2022

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- Insolencia

Por: Jaime García Elías

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En “La Historia según Chuchín: Perspectivas de una Vida”, el padre Jesús Gómez Fregoso, recientemente fallecido, cierra el Capítulo II (“Relaciones Iglesia-Estado y la Cristiada”) con este párrafo (p. 268): “Cuando José Garibi Rivera, hacia 1959, fue nombrado primer cardenal mexicano, nadie dudó que se quería honrar la memoria de Don Francisco Orozco y Jiménez (su predecesor inmediato, quien, según el mismo autor, “pasó casi todo el tiempo de su gobierno [1913 a 1936] desterrado o escondido” a raíz de la persecución religiosa [de 1926 a 1929], sus antecedentes y secuelas), cuya tumba en la catedral tapatía está coronada con la estatua de mármol que representa lo que Orozco fue: un león herido que nunca se rindió. Si ese león herido regresara a su Iglesia, se volvería a morir de tristeza y frustración”.


-II-


La tristeza y frustración de Orozco y Jiménez (“Francisco el Grande”, lo llamó Vicente Camberos Vizcaíno en la espléndida biografía que le dedicó) obedecería, según el padre Gómez Fregoso, a las gestiones que, secundado por varios jerarcas eclesiásticos, realizó el nuncio Gerónimo Prigione para cerrar un paréntesis histórico de más de cien años (de 1859 a 1992), con el restablecimiento de relaciones entre México y el Vaticano. Nunca se sabrá, pero quizá pensaría “Chuchín” que los mismos sentimientos -tristeza, frustración... y quizás hasta vergüenza- tendría Orozco a la vista de que otros prelados, el arzobispo emérito de Guadalajara y el actual arzobispo primado de México, cardenales ambos, pudieran ser sancionados por la Secretaría de Gobernación por haber quebrantado el principio de separación Iglesia-Estado al emitir pronunciamientos orientados a incidir en el resultado de las elecciones intermedias del año pasado: algo que constituye flagrantes delitos electorales -al punto de haber motivado la anulación del proceso correspondiente al Ayuntamiento de Tlaquepaque- y contrasta con la posición de “dignidad e independencia respetuosa” que mantuvieron dos arzobispos tapatíos que fueron modelo de ambas virtudes: el citado Garibi Rivera y su sucesor José Salazar López.


-III-


En lo que la Secretaría de Gobernación se pronuncia, en el debate que el asunto ha generado en los medios se advierten dos posiciones: una, de abierta reprobación a “quienes están en el poder” -destinatarios de los dardos verbales del dignatario tapatío-; la otra, de malestar por la insolencia (e inutilidad, al cabo, puesto que la segunda elección en Tlaquepaque ratificó el resultado de la primera) de querer inducir la voluntad de los votantes en función de sus personales simpatías... o fobias.

jagelias@gmail.com

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