Domingo, 23 de Enero 2022

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Alfarismo y padillismo: ¿cómo se ven a sí mismos?

Por: Jonathan Lomelí

Alfarismo y padillismo: ¿cómo se ven a sí mismos?

Alfarismo y padillismo: ¿cómo se ven a sí mismos?

Nunca en la FIL Guadalajara un gobernador de Jalisco estuvo más presente con su ausencia.

Antes de Enrique Alfaro, en 35 años, sólo se ausentó de la inauguración Aristóteles Sandoval en 2014; quiso evitar un choque con estudiantes por los 43 normalistas de Ayotzinapa.

En medio del conflicto político, habló por primera vez Raúl Padilla. Y en lugar de Alfaro, tomó la palabra Enrique Ibarra, Secretario General de Gobierno, figura controvertida que suscita debates sobre su influencia real o nula en la voluntad del huésped de Casa Jalisco.

Ambos formularon discursos plagados de lugares comunes y correcciones políticas (autonomía, federalismo, apertura, debate).

Pero no radicó allí el mensaje del sábado sino en el empleo de ciertas frases, una palabra en particular y algunas citas históricas. Ahí asoma la verdadera lectura política.

Sus discursos reflejan cómo ambos grupos se ven a sí mismos: los alfaristas y los padillistas. En una batalla, la idea del rival es tan importante como la idea que uno tiene de sí mismo. La defensa de la imagen propia sostiene un pleito barrial y una revolución. Veamos.

Una palabra clave salta a la vista en la frase de Padilla: «Aquí somos escritores y lectores, voces, no hocicones». Su visión recuerda a Próspero, el déspota ilustrado retratado por Shakespeare en La Tempestad frente al buen salvaje, Calibán. El primero posee la cultura, los libros y el conocimiento. El segundo, natural de una isla selvática, es una subespecie vociferante con minusvalía intelectual.

Ibarra, por su parte, alude al diferendo político entre ambos bandos, y evoca la disputa entre Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero en el siglo XVI: «uno de espíritu sosegado, humanista; el otro, de una energía imbatible, de una energía casi hasta la beligerancia por la reforma».

A grandes rasgos, Erasmo quiere conciliar el orden fijado por la Iglesia-Papa con las nuevas fuerzas reformistas (un conservador como Padilla); Lutero, por su parte, instiga un cambio con tufo radical (un reformista como Alfaro).

Finalmente, Ibarra da luz sobre el posible fin del conflicto al recordar la expresión: «Hay jueces en Berlín», en alusión al pleito presupuestal entre la UdeG y el gobierno de Jalisco en manos de la Corte.

La frase proviene de la fábula de un molinero, víctima de un rey déspota que quiere despojarlo de su tierra. El molinero acusa una injusticia, a lo que el rey responde: «Para eso hay jueces en Berlín». Al final, el tribunal le da la razón al ciudadano contra el poderoso, una metáfora de la relevancia de los jueces para limitar al poder público en cumplimiento de la ley.

Si la Corte da la razón a la UdeG, triunfará el molinero, es decir, la autonomía universitaria que adquiere rango constitucional.

Pero si los ministros dan la razón al Gobierno de Jalisco, ratifican la retórica alfarista del caciquismo universitario. El fallo se dará en un plazo de seis meses a un año.

Hay jueces en Berlín, ¿pero los hay en México? Este es tema de otra columna. 

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