Miércoles, 17 de Abril 2024

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Deja que todo suceda

Por: Martín Casillas de Alba

Deja que todo suceda

Deja que todo suceda

Algo he percibido de la poesía de Rilke que me ha interesado desde que empecé a estudiar alemán en el Goethe Institut de Guadalajara, cuando me preparaba para estudiar matemáticas aplicadas en Freiburg, i.Br., en la universidad donde comienza la Selva Negra. Desde entonces, traté de entender lo que el poeta había escrito. Me fue imposible hasta hace poco que empecé más o menos a entenderla.

Con la mirada retrospectiva. Un compendio de algunos recuerdos es como se llama lo que escribió Lou Andreas-Salomé (Alianza, 2018), la mujer que fue amante de Rilke por cuatro años y su confidente por el resto de la vida del poeta. Con la lectura de este libro, me doy cuenta de la importancia que tuvo esa relación en la vida y en la obra de un hombre egocéntrico y solitario que todo lo que quería era cavar y socavar su psique para poner en palabras lo que iba encontrando, construyendo esos textos íntimos y profundos que pueden dejarnos el alma al desnudo.

“Amaba de su ser las cosas oscuras, donde se ahondan sus sentidos”, decía Rilke. Esto parece ser una tarea común entre los poetas, como Guadalupe Morfín declara en su poema “Los haberes del naufragio” cuando dice: “Busqué entre los restos. / Pepenadora experta, / hube de bucear en aguas turbias: / tragar y escupir; / escarbar en la arena”.

Lou y Rilke se conocieron en 1897 en Múnich, cuando él tenía 22 años y ella 36. Desde ese día fueron amantes apasionados durante cuatro años y, gracias a esta mujer, Rilke descubrió la sexualidad con una mujer que era catorce años mayor que él, como si fuera su segunda madre y musa principal.

“¿Cómo reprimir a mi alma para que no roce la tuya? ¿Cómo debo elevarla hasta las otras cosas, sobre ti? Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido, en un rincón extraño y mudo donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse...”

Treinta y cuatro años después de haberlo conocido y ocho después de que Rilke había muerto, Lou lo recuerda en ese libro de esta manera:

“Abril es nuestro mes, Rainer. Cuántas veces me hace pensar en ti, y no es casualidad. Porque en él se contienen las cuatro estaciones: abril, con sus horas de aire níveo casi invernales junto a otras de radiación abrasadora y, junto a las tormentas casi otoñales, que siembran el suelo húmedo, no de hojas descoloridas, sino de innumerables envolturas de capullos… De ahí, aquel silencio y naturalidad que nos unió como algo que hubiese existido siempre. Si durante años fui tu amante, fue porque tú fuiste para mí lo que, por primera vez, era real, cuerpo y ser humano sin diferenciarlo porque estaban hechos de la vida misma”.

En los años en que fueron amantes, Rilke conoció la sexualidad y empezó a cavar en las profundidades de su psique hasta llegar a ser un poeta mayor. Lou, por su cuenta y riesgo, cavó en la psique de sus amantes y de sus pacientes después de haber sido alumna de Freud y de haberse convertido en una psicoanalista de primera.

“Deja que todo te suceda: la belleza y el espanto”, propone el poeta criticado por ser un egocéntrico que abandonó a la que después fue su mujer y con quien tuvo una hija, sin hacerles caso porque lo que él deseaba era que “se callase tan sólo una vez todo y si la risa vecina se extinguiese, para que no me estorbe al despertar. Entonces, podría, en un pensamiento de mil modos pensarte hasta tu orilla, y tenerte (con una larga sonrisa) para ofrendarte en toda cosa vida como expresión de gracia.”

Bien aconsejaba Monterroso que no le hiciéramos caso a la biografía de los poetas y que fuera su obra la que nos importara. Fuera de envidiar la relación que tuvo con Lou, lo que realmente nos interesa es la obra de Rilke que ilumina el camino para que sigamos a paso firme en medio de todo esto que nos sucede: la belleza y el espanto.

malba99@yahoo.com

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