Domingo, 21 de Abril 2024

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La damnificada moral

Por: Augusto Chacón

La damnificada moral

La damnificada moral

Glen Kessler tiene una columna en The Washington Post, “Fact Checker” (verificador de hechos), y creó una clasificación que va, de un Pinocho (poner algunas sombras sobre los hechos, decir la verdad selectivamente e incurrir en omisiones y exageraciones, pero sin falsedades absolutas), a cuatro Pinochos (rango de las mentiras plenas); también hace un reconocimiento positivo: Gepeto (para quien diga o escriba la verdad, la verdad entera y nada más que la verdad). El viernes anterior su artículo versó sobre la afirmación de Donald Trump sobre el asesinato de una estudiante de enfermería, en Georgia, presuntamente cometido por un inmigrante venezolano que llegó ilegalmente a Estados Unidos en 2022; de este suceso, apoyado en un video hecho tendenciosamente para la ocasión, Trump pasó a criticar la política de migración de los demócratas, y concluyó con un mensaje: “Tú no estás seguro en la América de Joe Biden”. No nos explayaremos en los datos que provee Kessler, citamos su explicación: “Aquí está el problema: hay poca evidencia de que los inmigrantes -o incluso los inmigrantes indocumentados- causen más delitos. Aún así, hay suficiente ambigüedad en los datos (o tan pocos datos concretos) que es difícil señalar hallazgos concluyentes que puedan cambiar las opiniones.”

El trabajo de Kessler es bueno; sin embargo, el mérito que concede a los datos no parece realista: supone que evidencias contundentes, soportadas por información, modifican prejuicios; ni allá ni acá. La prueba para rebatir esa expectativa la aportan los índices de popularidad de los dos embusteros, Trump y López Obrador, que han merecido libros para documentar sus falsedades. El presidente de México hace dos semanas presumió lo bien que el país va en seguridad: “está en paz, hay tranquilidad, hay gobernabilidad”. Ante esta frase, una capa de la población se indigna, se enoja, y otra, la que lo tiene en alta estima, la abraza, sin más. Algunas preguntas son inevitables: ¿La verdad dejó de ser un valor apreciado por la mayoría? ¿No hay consenso sobre los elementos básicos para construirla? ¿Importa más quien declara, porque su narración coincide con nuestras ideas, que la veracidad constatable de lo que dice? Y entonces, si las mentiras que para tantas personas son incontrovertibles, no lo son para otras tantas ¿es porque éstas son mentirosas? Y así, cada grupo cree que los mentirosos son los del otro.

De ahí el fenómeno que llamamos polarización: para unos, los otros no quieren mirar de frente la devastación jurídica, institucional y ética que el actual régimen ha propiciado, y aportan, según ellos, datos que vuelven irrebatible su punto de vista. En tanto que los otros apelan a una explicación -la exhiben como dato- de índole histórica: quien critica al presidente lo hace porque añora los malos gobiernos, y aportan un hecho, ese sí rotundo, es el que les queda más a la mano: subió el salario mínimo, como nunca. Y la discusión se empantana merced al mecanismo anterior, similar al que emplea el presidente: si se habla de la corrupción de sus hijos, de sus allegados, él habla de sus enemigos y del pasado, e inscribe en metafóricas letras de oro: “Yo no soy corrupto” (lo ha dicho decenas de veces durante su gobierno) de lo que se sigue que no miente, o, expresado desde las demostraciones que prueban sus embustes, basta que él lo diga para que se convierta en verdad, y sus seguidores no necesitan más: la verdad es una convención religiosa que mana de la fe en el líder.

Vamos a suponer, ahora que el huracán llamado campañas electorales, de categoría impredecible, se vino encima, que nos valemos del sistema de Kessler y que alguien se dedica a aportar datos para soportar, o negar, lo que declaran las candidatas y los candidatos. De cualquier partido. El pasado reciente, revisado con pragmatismo, en el sentido de “teoría de la verdad que define a ésta por su utilidad” (Ramón Xirau), aconseja no empeñarse en el que sería un ejercicio estéril; no porque las campañas vayan a desparramar sólo mentiras sobre el yermo político, sino porque las verdades no serán centrales al decidir por quién votar.

Verdad al diagnosticar el estado de cosas; verdad cuando las y los candidatos presuman sus antecedentes; verdad en cuanto a las promesas que hagan; verdad al describir a los oponentes. Difícil que suceda, sobre todo entre quienes buscan la continuidad de un “proyecto”, nacional o estatal. Quién espera declaraciones como estas: sí, la regamos al cancelar el aeropuerto de la Ciudad de México; no teníamos, no tenemos estrategia, ni ganas, para combatir a los criminales, reducir la impunidad y la corrupción; el Tren Maya no será lo que ofrecimos; fue un error construir la refinería; tenemos problemas al concebir la función de Pemex y de la CFE. Además, hemos sido omisos con las mujeres, con la salud, con el medio ambiente, con la cultura y, en resumidas cuentas, con la verdad. Verdades como esas, en los tres órdenes de gobierno, que para muchos, para muchas son contundentes, han costado tirar vagones llenos de dinero y vagones llenos de capital político y social, por eso las meterán debajo del tapete. Pero, del lado de la oposición ¿basta con que señalen las mentiras de los otros? ¿Eso convierte en verdad, una verdad que eventualmente tendrá impactos sociales y políticos positivos, lo que pregonan?

Sería útil que la verdad, las diversas nociones de ella, no girara en torno al juego político, sino alrededor de lo que requerimos para salir de la inseguridad, la desigualdad, la injusticia y para apuntalar derechos y libertades; pero la estridencia de las campañas dificultará el entendimiento horizontal de la sociedad (como lo ha hecho el esquema seguido por el presidente) y capas amplias de aquélla, desde ya optan por tomar partido deportivamente, o sea: con fanatismo echan porras a unos o a otros, a despecho de verdades y mentiras.

agustino20@gmail.com

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