¿Puede el modelo chino de negocios ser un modelo para empresarios mexicanos? La pregunta resulta muy limitante. China hoy día es un modelo posible no solamente para los hombres de empresa, sino para muchas otras dimensiones de la vida social.China es, ante todo, un modelo de resiliencia, pues su cultura y civilización han sobrevivido a la crisis de 24 dinastías imperiales, una dictadura marxista de 27 años, una desastrosa revolución cultural, 150 años de colonialismo occidental, a lo cual se añade un sinnúmero de catástrofes naturales, sobre todo terremotos, inundaciones y epidemias, con sus consecuentes hambrunas, una guerra civil reciente que duró 22 años, entre 1927 y 1949, y, como corolario de todo esto, una inesperada reafirmación que ha ubicado a esta nación como una de las principales y mayores potencias mundiales.La administración actual de China es un modelo de inversión pública exitosa, de inversión en vías de comunicación de primer nivel, de inversión en ciencia y tecnología que estamos lejos de alcanzar, de transformación urbana y rural, de combate a la corrupción, de elevado apoyo a la educación sin huelgas ni paros laborales del magisterio, de una ley laboral que protege al trabajador y que impone sobre las horas extras o el trabajo en días de descanso hasta un 300% del salario normal; recordemos que, de acuerdo con los informes del Banco Mundial, China logró reducir la pobreza extrema a un 1%. La apertura comercial de este país al mundo, la laboriosidad del pueblo chino, su evidente ingenio, su estabilidad económica y social y su solidaridad histórica han atraído inversiones extranjeras de todo rango y un torrente de dinero que no se ha desperdiciado en hacer millonarios a los políticos, sino en hacer millonaria a China, pero, sobre todo, hacerla respetable. Y esto no es valorar a un país solamente por sus elocuentes resultados; también los medios de que se ha valido para lograrlo son dignos de aprecio, a menos que los prejuicios comprados que tengamos nos hagan seguir propalando mentiras e infundios sobre una especie de explotación esclavista, negrera, inhumana, que tiene sometida a la sociedad por los medios más atroces. Sin duda que no hay país perfecto, y China tiene pendientes importantes por resolver, por ejemplo, en sus relaciones con la frontera oeste o con el Tíbet, que históricamente ha sido parte de China por largos periodos. Lo mismo dígase de una esperada mayor evolución de los postulados maoístas, por ejemplo, en el campo de la propiedad privada del suelo, que sigue siendo de la nación. El genio de esta transformación fue, sin duda, Deng Xiaoping, quien, para fortuna de su país, ha tenido sucesores de su mismo nivel.Como suele ocurrir, una experiencia de nación tan exitosa ha provocado no solo la envidia de otros países, sino un programa de descrédito bien financiado y que puede observarse no solamente en páginas de internet como “China in Focus”, sino hasta en espectáculos de ballet chino, patrocinados por Estados Unidos, que hacen pausa para denigrar al Gobierno chino, tal y como ese vecino país divulgó por el planeta la imagen del mexicano con sarape y sombrero dormido junto a un nopal.Finalmente, ¿qué tendría que aprender la empresa mexicana de la china? Su capacidad de previsión, su concepto de la geopolítica, su pronta comprensión de que las nociones de tiempo y espacio se han modificado sustancialmente, de tal manera que duración y extensión aparecen hoy como conceptos bastante relativos, sobre todo en lo que mira a las rutas comerciales; su sentido de los negocios, que prescinden de condicionantes políticos o ideológicos; su apertura mental para relacionarse con todos; la apuesta de la nación por un mundo plurilateral; y el cuidado exigente del bien común, entre otras cosas más.armando.gon@univa.mx