Morena es el partido político más exitoso de la historia de este país. Ningún otro logró en quince años lo que ha logrado el partido creado por López Obrador. El movimiento creció como masa con levadura gracias a los errores del Gobierno de Peña Nieto, pero, sobre todo, a que AMLO, su fundador, encontró el discurso correcto, el resorte que movía a los mexicanos. Sí, el tema era la corrupción, pero no como lo había enfocado el PAN en su llegada al poder, con la famosa y fracasada idea de perseguir a los peces gordos, sino en lo que significaba para la gente. Inventó que con los ahorros del combate a la corrupción se pagarían los programas sociales. Fue un gran invento. No se combatió la corrupción, como es cada día más claro, y los programas sociales, la mayoría de ellos justos y necesarios, se pagan con el dinero que se dejó de invertir en otros rubros.Los políticos oportunistas entendieron rápido que ese era el caballo que los llevaría al poder y se fueron subiendo al carro ganador como las hormigas a un melón podrido. Hoy, a sus quince años, Morena tiene un poder que no había tenido ningún otro partido desde el PRI de Salinas y una crisis de identidad tan grande como su éxito.En solo tres lustros, Morena pasó de ser el movimiento popular más importante de las últimas décadas a un aglutinador de intereses de grupos regionales y poderes fácticos. Los vínculos con el crimen organizado (cada día más evidentes), la generación de nuevos ricos a través de la corrupción, el uso indiscriminado y excesivo de facultades del Poder Ejecutivo y la destrucción de los mecanismos de contrapeso al poder hacen de Morena un amasijo difícil de entender incluso para sus más fervientes militantes.La crisis de identidad de la quinceañera comienza a rayar en la esquizofrenia. Los fundadores, los que en su momento quisieron cuidar el rumbo ideológico del partido, hoy se dicen traicionados por el derrotero que ha tomado. Los que pensaban que el partido era de izquierda se han visto cada día más rebasados por la derecha y han tenido que apoyar a candidatas y candidatos que nada tienen que ver con el socialismo, ni siquiera con el nacionalismo revolucionario que muchos de ellos heredaron del PRI. Los que pensaban que el enemigo era la corrupción han tenido que tragar gordo al ver el enriquecimiento de las personas más cercanas al líder, tan cercanas que no puede decir que lo hicieron a sus espaldas, pues estaban frente a sus narices: el secretario de Gobernación, sus colaboradores cercanos, sus propios hijos.Pero lo que más ha golpeado internamente al partido es la rápida degradación moral de algunos de sus miembros, que han recurrido al pacto con el crimen organizado para obtener, gestionar y mantener el poder. Las evidencias cada día mayores de estos vínculos hacen muy complicado para los militantes sostener el discurso de “no somos iguales”.Ahora sí que el problema no es la quinceañera, sino los chambelanes con los que tiene que bailar para que no se acabe la fiesta.diego.petersen@informador.com.mx