No hay mito sin rito o, lo que es lo mismo, toda creencia necesita ser ritualizada para existir. Da igual si el mito es religioso, político o incluso científico. Los exámenes de grado, de una maestría o un doctorado, están envueltos en rituales que nos hacen saber que, de acuerdo con las reglas de la academia, el alumno merece pertenecer a un grupo distinguido. La misa, el ritual más practicado en México, se repite una y otra vez para recordarnos los fundamentos de la fe católica. En política sucede lo mismo: los rituales son la representación misma del poder.Es cierto que el ritual de los informes está cada día más desgastado. Con todo respeto, ya hasta los diputados rinden informes en actos intrascendentes que no tienen otra función que gastar dinero en publicidad para buscar el siguiente cargo. Los informes pasaron de ser el rito por excelencia, la representación misma del poder, a convertirse en un acto repetitivo y sin mayor importancia. En el punto más alto del presidencialismo mexicano, el día del informe, primero de septiembre, era día de asueto nacional. En Jalisco, durante el sexenio de Guillermo Cosío, el informe era motivo de verbena popular. Eran, sin duda, exageraciones que, más por exigencia ciudadana que por conciencia política, los presidentes y gobernadores de la era democrática fueron reduciendo.El problema es que, junto con el rito exagerado y banal, se perdió también el sentido profundo del mito: la rendición de cuentas del poder frente a la representación popular. No ofrecer un mensaje de rendición de cuentas y reducir la obligación constitucional del informe de gobierno a un acto burocrático de entrega de un documento no solo banaliza la rendición de cuentas, sino que genera un vacío de poder que otros ocuparán.Pasar del acto del informe del primer año, con más de mil invitados en uno de los edificios más icónicos del estado, a decir que no es momento para actos suntuosos manda dos malos mensajes: el primero es que, efectivamente, el informe del año pasado fue un derroche; el segundo es que el gobernador prefiere evitar los problemas antes que enfrentarlos. Evidentemente, el cálculo político es que cualquier evento que organice el gobernador con motivo de su informe generará manifestaciones. Lo que se rompió el 11 de octubre, tras la terrible reacción de la policía al reprimir a los manifestantes, no se ha olvidado. También es cierto que los ciudadanos están enojados porque el problema del agua contaminada, lejos de resolverse con los tandeos, se ha agudizado por el incumplimiento del calendario de cortes. Sin embargo, abandonar el ritual y reducirlo a mensajes en video solo debilitará la figura del gobernador.Cuando la comunicación política y la parafernalia del poder no alcanzan, es momento de regresar a lo esencial: el acto republicano de rendición de cuentas frente al Congreso. A veces hay que desnudar el rito para actualizar el mito.