Lunes, 20 de Abril 2026

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Guadalajara, liberales y conservadores

Por: Diego Petersen

Guadalajara, liberales y conservadores

Guadalajara, liberales y conservadores

La misma semana, en la misma ciudad. Este fin de semana se realizó el Congreso de Masculinidad “más grande de América Latina”, el llamado Fearless Congress organizado por los grupos más conservadores de la Iglesia Católica tapatía y mañana estará en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara Rita Segato, una de las pensadoras feministas más brillantes de Latinoamérica, para inaugurar una cátedra que lleva su nombre. Ambas cosas suceden en Guadalajara y las dos coexisten en el espacio público. 

Cada uno podrá estar más de acuerdo con una o con otra (yo en lo personal celebro enormemente la presencia y la cátedra de Rita Segato) pero nadie puede negar la existencia de esa otra visión que es igualmente tapatía. Quien diga que los tapatíos son así o asá, de una manera u otra, no solo miente, se equivoca.

Hace ya varios años, echando café y chisme, Carlos Monsiváis me preguntó cómo explicaba yo que, en Guadalajara, una ciudad tan conservadora, existieran al mismo tiempo los activistas más connotados del conservadurismo y la extrema derecha, y las revistas y grupos de música más irreverentes del país -se refería a las revistas Galimatías y La Mamá del Abulón, y a El Personal, un grupo de culto absolutamente desinhibido y creativo, en la Guadalajara de los años noventa del siglo pasado-.

Se me ocurrieron dos hipótesis. La primera es que en Guadalajara siempre han coexistido una élite liberal y una cultura conservadora de origen católico. Los liberales han detentado el poder mucho más tiempo que los conservadores y han estado al frente de la Universidad de Guadalajara desde su refundación hace cien años. Salvo momentos de crisis, ambas visiones han coexistido y cohabitado con naturalidad. Son conocidas las historias de distinguidos masones que llevaban a sus esposas a misa mientras ellos esperaban pacientemente la media hora o 45 minutos leyendo en el coche. O la escuela católica “clandestina” en los años de la educación socialista enfrente de la casa del secretario de Gobierno que “jamás” se enteró de lo que ahí sucedía. O los cuadros de doble vista con el Sagrado Corazón por un lado y Benito Juárez por el otro “por si venía el inspector” de la Secretaría de Educación (Fernando M. González y Carlos de Alba “Cúpulas empresariales y poderes regionales en Jalisco” y Renée de la Torre “De cómo las mujeres cocinan la nación” entre otros, han escrito sobre esta coexistencia que por momentos rayaba en la hipocresía).

La segunda hipótesis tiene que ver con el enriquecimiento cultural producto de la migración. Guadalajara dejó de ser una ciudad provinciana que podía controlar lo que se pensaba y se decía cuando comenzó a crecer desorbitadamente. Entre el niño un millón en los años sesenta, al habitante dos millones pasaron apenas 20 años, y de ahí a rebasar los cinco millones que somos ahora otros 30. Eso fue posible por la gran cantidad de personas, y por lo tanto de talento, que llegó de otros lugares del país y del mundo. 

La misma semana, en la misma ciudad y con distinta gente.

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