Lunes, 05 de Octubre 2026

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La palabra impresa

Por: Diego Petersen

La palabra impresa

La palabra impresa

A la familia Álvarez del Castillo

Nada confronta tanto al poder como la palabra impresa. La imagen y el meme son hoy el dolor de cabeza de los políticos, porque transmiten y cambian, en cuestión de segundos, el sentimiento de un grupo de personas respecto a un tema específico. Sin embargo, las ideas siguen teniendo como soporte esencial la palabra. Sea dicha o solo pensada, una idea se perpetúa y trasciende gracias a que alguien se tomó la molestia de ponerla en negro sobre blanco, redactarla y editarla para hacerla comprensible. El soporte físico puede ser el papel o cualquiera de sus imitaciones electrónicas, que hoy por hoy siguen siendo eso, imitaciones: le seguimos llamando páginas a los sitios de internet, Word (palabra) al programa en que escribimos y documento al archivo electrónico en que lo salvamos, sin tener jamás la certeza de dónde está, mucho menos de si realmente está a salvo.

No hay cambio sin idea ni idea sin palabras. Solo aquello que podemos poner en palabras construye y se constituye. Incluso la imagen más evocadora, desde una obra de arte hasta una fotografía brutal, desde un cartón político hasta un meme maravilloso, requiere de las palabras para existir. Solo cuando hablamos de ellas, cuando somos capaces de expresar lo que sentimos o lo que nos evocan, esas imágenes se convierten en ideas, en parte de nuestra concepción del mundo (nota al margen: todo arte es, por definición, conceptual, pero no cualquier ocurrencia es arte).

Documentar la realidad cotidiana, poner el mundo frente al espejo y traducirlo en palabras todos los días, y no solo una vez por semana o una vez por mes, fue la osada misión que se propuso Mariano Nipho, el periodista español que fundó el Diario de Madrid en 1758. Desde entonces, los diarios se han convertido en el guardián natural de la sociedad frente a los abusos de poder. Aunque el número de lectores sea pequeño con respecto a la población total de una ciudad o un país, todos los ciudadanos nos beneficiamos de que los periodistas pongan cotidianamente un espejo frente a la realidad y de que, con todos sus defectos e imperfecciones, nos respondan en palabras a la pregunta básica, esa que nos permite levantarnos y caminar cada día: ¿cómo amanecimos hoy?

No hay utopía sin palabra. En este telar infinito que llamamos vida, la urdimbre son los hilos de la historia y las palabras, la trama que dibuja los días. La palabra impresa, sea en una piedra, en un papel o en un chip, nos permite compartir el pasado y, por lo mismo, soñar un futuro común.

Felicidades a EL INFORMADOR por estos 109 años de ser un equilibrio frente al poder, el espejo en que nos vemos cada mañana, el gran facilitador de las utopías tapatías y las palabras que dibujan nuestros días.

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