Siempre he pensado que el nombre es destino, que las personas terminan por parecerse a su nombre. Una de las pocas excepciones fue Primitivo Rodríguez Oceguera, mente compleja y brillante, y al mismo tiempo discreto y obcecado hasta rayar en la terquedad.Historiador de profesión, perteneció a la destacada generación de historiadores de El Colegio de México donde coincidieron Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze y los tapatíos Sergio Aguayo y Carmen Castañeda. Era tal su capacidad de narración y fabulación que los mismos compañeros y maestros dudaban, literalmente, hasta de su nombre, más propio de un personaje del realismo mágico. Cuenta Aguilar Camín que, viniendo de Zamora a Guadalajara con su esposa, la escritora Ángeles Mastreta, tras uno de los memorables congresos que don Luis González organizaba en el Colegio de Michoacán, pasaron por Ixtlán de los Hervores, el pueblo de nombre increíble e improbable y donde el compañero fabulador decía haber nacido. Tras leer la señalética en la carretera y observar el chorro del maravilloso géiser, Ángeles exclamó: “pues al parecer es cierto, sí se llama Primitivo”. En un homenaje a la doctora Carmen Castañeda en El Colegio de Jalisco, los primeros oradores fueron Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín. Antes de darle la palabra a Primitivo, la homenajeada lo presentó como el que mejor escribía de entre sus compañeros de generación, y vaya que ahí mismo estaban dos que lo hacen de maravilla.Rebelde por naturaleza, Primitivo no encajaba en lo convencional y lo institucional. Una noche de rebeldía, tras largos años de trabajo en una tesis, decidió tirarla a la basura. Eran tiempos de máquinas de escribir y no de computadoras, por lo que tirar a la basura no implicaba arrastrar un archivo al ícono del botecito, sino sacar cajas de fichas, notas y cuartillas escritas a la esquina para que se las llevara el camión. Cuando se arrepintió, la mañana siguiente, el camión ya había pasado. La tesis, que imaginamos brillante, nunca nadie la leyó. Defensor implacable de los derechos humanos de los migrantes, promotor del voto en el extranjero, Primitivo tuvo una pasión que sólo hasta los últimos años de su vida compartió: la fotografía. Su mirada singular, siempre a través de reflejos en charcos, cristales, láminas o cualquier objeto pulido nos enseñó a ver el mundo de otra manera. En su fotografía la imagen distorsionada, tan real como imposible, nos hace dudar de nuestra propia forma de percibir el mundo. (Las imágenes pueden gozarlas aún en https://www.instagram.com/primitivo_foto/).Sus últimos años los pasó en Guadalajara colaborando en la Comisión Estatal de Derechos Humanos. Un cáncer, tan real como que él se llamaba Primitivo y tan implacable como el géiser de Ixtlán de los Hervores, terminó con su vida. Va un güisqui para celebrar tu vida, Primo.P.D. Mientras escribo esto me entero de la muerte de Esteban Garaiz, otro gran promotor de la democracia que vino a enriquecer la vida pública de Guadalajara. Descansa en paz.