A JabazSe nos murió Rossana, Rossana Reguillo. Y digo nos, porque se nos murió a todas y todos. A José Antonio Baz (Jabaz), su compañero de vida por 50 años; a León y Daniela, sus hijos; a Aliah, su nieta. Se nos murió a las amigas y amigos que tanto la quisimos; a sus colegas para quienes fue siempre el motor que los jalaba más allá de lo imaginable; a sus alumnas y alumnos, cientos, quizá miles, desde licenciatura hasta doctorado, que encontraron en ella la pasión por el arte de pensar, de nunca quedarse con la primera idea. Se le murió a México entero y a América Latina, porque se nos fue la pensadora que nos permitió ver y entender los fenómenos más atroces, más complejos, más dolorosos y desgarradores, esos que parecían no tener explicación.Rossana Reguillo primero estudió letras en la UdeG, luego licenciatura y maestría en Comunicación en el ITESO, allá en los años ochenta, donde combinaba los estudios con ser madre y directora de la biblioteca a la vez, y se doctoró en antropología en el programa conjunto del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas) y de la Universidad de Guadalajara. Sus tesis de maestría, “En la calle otra vez”, sobre los chavos banda en Guadalajara y de doctorado “La construcción simbólica de la ciudad”, sobre la construcción comunicacional del poder tras las explosiones del 22 de abril, prefiguraron dos temas a los que Rosana volvería una y otra vez durante su carrera: los jóvenes y la construcción simbólica desde las víctimas. Sus grandes aportes a la manera de entendernos como mexicanos y como latinoamericanos vendrían más tarde, ya en la plenitud de su carrera. Tuvo muchos, pero me concentro en dos que me parecen esenciales. La primera fue plantear la necesidad de entender la violencia de una forma orgánica y sistemática para lo que acuñó el término “Necromáquina”. Lo hizo en 2001, en un libro que lleva el mismo nombre, mucho antes de que en este país se hablara de la violencia generalizada y sistémica. Fue duramente criticada por ello. Rossana concitaba amores y odios, estos últimos particularmente de sus colegas más mediocres. El tiempo y su brillante inteligencia le dieron la razón.La otra gran aportación de Reguillo fue plantear la etnografía digital o de las redes sociales (a la que ella se refería como meso etnografía). Desde el Laboratorio digital Signa-Lab, en el ITESO, Rossana nos hizo entender la forma en que se construye (y manipula) el sentido en las redes sociales y sus articulaciones con el poder. Los resultados de sus investigaciones enfurecieron a los poderosos (entre ellos López Obrador y Claudia Sheinbaum) porque evidenciaron y demostraron lo que para la mayoría de nosotros no era visible: la manipulación política de las redes sociodigitales.Se nos murió Rossana, la mente brillante, la activista comprometida, la “ciudadanona” (mote que recibió por su columna periodística Ciudadano N), la amiga entrañable. Nos queda su obra, nos faltarán por siempre su humor, su plática interesada e interesante, su compromiso y su cariño.