En pocas cosas se manifiesta con tanta fuerza la lucha ideológica como en la educación. Es ahí, en la definición de formas y contenidos educativos donde se expresan con mayor claridad -y mezquindad- los vaivenes ideológicos del país. El Gobierno cardenista, el más a la izquierda de la historia de México, se expresó en la expropiación petrolera, en el reparto agrario, pero sobre todo en la educación socialista. La construcción de la identidad nacional posrevolucionaria fundamentada en el mestizaje, el nacionalismo y el laicismo se construyó a partir del proyecto educativo del libro de texto gratuito (el libro de Sarah Corona, “La asignatura ciudadana, las cuatro grandes reformas del LTG en México” lo explica maravillosamente bien); las grandes pugnas ideológicas entre las asociaciones de padres de familia de corte católico y el gobierno de Luis Echeverría fueron por los contenidos educativos; el movimiento Libertad de Educación en los años ochenta conjuntó a las expresiones políticas de derecha contra la “revolución educativa” de Reyes Heroles (que, dicho sea de paso, era buenísima, pero se quedó en el papel); la reforma educativa planteada por el PAN y concretada en el sexenio de Peña Nieto fue el gran viraje en la política educativa, y su desmontaje el gran triunfo ideológico de Morena. En la discusión sobre el calendario escolar hay, además de una buena dosis de ineptitud, una batalla ideológica sobre la política educativa dentro del aula. Para bien y para mal, fue el gobierno de Morena el que re-centralizó las pocas decisiones que se habían regresado a los Estados. En estos días el secretario Delgado descubrió el hilo negro y dijo que no es lo mismo estudiar en julio en Mexicali y en la Huasteca Potosina que en la ciudad de México, y tiene razón, como tampoco es lo mismo septiembre en Chiapas y Tabasco, donde se inundan un día sí y otro también en esa época, que en Nayarit o Colima donde el calor es insufrible en el mes de la patria. El problema es que el calendario escolar está definido por una ley general que no da margen alguno a los Estados en el número de días de clases. Ni la Presidenta, ni el secretario en turno, los secretarios de los Estados en manada, o los sindicatos, tenían autoridad para recortar el número de días clase.Las pifias del secretario Delgado han sido de tal magnitud que se convirtieron en un asunto político. Argumentar que se podía terminar el curso un mes antes, pues después del 15 de junio las escuelas se convierten en guarderías porque no hay contenidos, es una autoinculpación de inutilidad pocas veces vista. Los Gobiernos más conservadores -Guanajuato, Jalisco y Nuevo León- se envolvieron en la bandera de la educación porque saben que es un tema sensible para sus votantes, y la Presidenta Sheinbaum, como comienza ya a hacerse costumbre, solo montó en cólera, pero no argumentó ni explicó que era lo que buscaban con el cambio de calendario. El debate se centrado en el mundial, en “la calor” y en las vacaciones de los maestros. Curiosa y patéticamente nadie habló de educación ni de los niños.