Tengo sentimientos encontrados con el nacionalismo. Por un lado, me confieso fanático de las expresiones populares, desde las banderitas y rehiletes hasta las fiestas del Grito del 15 de septiembre, las que suceden en las plazas, con elotes y algodones, no las de los palacios. Por otro, me da escozor cada que escucho esta palabra en boca de un político, del partido y del país que sea.Los nacionalismos han sido la excusa para las mayores atrocidades de la humanidad. Fueron políticos enredados en banderas y espíritus nacionalistas quienes trazaron fronteras, dividieron territorios y culturas, separaron familias. Delante de las banderas van los jóvenes a morir por la patria, mientras los políticos negocian los recursos ajenos. Detrás del grito nacionalista viene la justificación para aniquilar al otro, ese otro cuya única falta es representar una bandera distinta (El tango “Silencio”, de Carlos Gardel, es la más desgarradora historia de la estela del nacionalismo).Después de un largo periodo de destrucción de fronteras tras la caída del muro de Berlín en 1989, la creación formal de la Unión Europea en 1993 y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, entre otros eventos significativos, los nacionalismos parecían haber pasado a mejor vida. Sin embargo, han resurgido con fuerza de la mano del fracaso del neoliberalismo.Sacar a pasear al sentimiento nacionalista, como lo hizo la Presidenta Sheinbaum, para defender políticos acusados en Estados Unidos de estar vinculados o apoyados por el crimen organizado es una mala idea y una pésima señal. Vincular los valores de la patria y su soberanía a la impunidad de los políticos, sean del partido que sean, es abaratar los principios y arrastrar los ideales.Enaltecer la conquista y la figura de Hernán Cortés como un héroe, como lo hizo la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, invitada por la alcaldesa panista Alessandra Rojo de la Vega, más que un acto antinacionalista es una soberana estupidez; responderle enredada en la bandera en una celebración oficial diciendo que quienes no piensan como ella están destinados a la derrota, como lo hizo la Presidenta de la República, es rebajar la nación a una perorata callejera.La mejor excusa para no entregar a criminales al país vecino y la mejor defensa de la soberanía es juzgarlos acá mismo. “Disculpe usted señor juez de Nueva York, el señor Rocha no podrá asistir a su corte porque tiene que atender un proceso en Puente Grande”, sería la respuesta más digna y patriótica. Por el contrario, defender lo indefendible en aras de la soberanía es la peor manera de enfrentar a un nacionalista xenófobo como Donald Trump. La mejor forma de contrarrestar los abusos de la conquista es escuchando a los pueblos originarios en sus luchas y sus demandas, no imponiéndoles un tren que no querían en aras de un desarrollismo nacionalista del siglo pasado.diego.petersen@informador.com.mx