Lunes, 27 de Julio 2026
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El agua no lee discursos

Por: Miguel Ángel Anaya Martínez

El agua no lee discursos

El agua no lee discursos

Hay una virtud que comparten algunos políticos de todos los colores: cuando inauguran una obra, creen inaugurar también el futuro. No uno modesto, de cinco o diez años, sino uno casi bíblico. Cincuenta años de agua, cincuenta años de prosperidad, cincuenta años de tranquilidad. La única condición es que nadie tenga la mala educación de abrir la llave demasiado pronto y exigir que esas promesas se cumplan.

Porque el agua tiene un defecto insoportable: no escucha conferencias de prensa. No distingue entre proyectos, promesas, o eslóganes electorales. Si la tubería está rota, sale sucia. Si la red está abandonada, llega con sedimentos. Si la infraestructura envejeció mientras el discurso rejuvenecía, el ciudadano no se baña con optimismo; lo hace -si es que puede- con incertidumbre.

Hace no mucho, se nos dijo que el problema estaba resuelto. Hoy cientos de colonias reportan agua turbia, malos olores y una confianza evaporada. Entonces surge una pregunta incómoda, esa que suele molestar más que la propia crisis: ¿qué fue exactamente lo que se resolvió?

Tal vez confundimos una obra con una solución. Son cosas distintas. Una presa puede aumentar la disponibilidad de agua, pero no reemplaza tuberías corroídas, no impide fugas, no limpia ríos contaminados y, desde luego, no convierte la negligencia en planeación. Es como comprar un automóvil nuevo para seguir circulando por un puente que amenaza con derrumbarse. El problema nunca fue el motor; era el camino.

Lo curioso es que, cuando el agua sale limpia, el mérito siempre tiene nombre y apellido. Pero cuando sale café, de pronto la culpa adquiere un extraño talento para volverse anónima. Ya no hay responsables, sólo "factores". Ya no hay decisiones, sólo "circunstancias". Y así, entre comunicados y conferencias, el ciudadano termina haciendo lo que no es deseable pero muy común en la vida diaria: dudar de los servicios, eficiencia y honradez del gobierno.

No hace falta otro concurso de culpables. Hace falta algo mucho más raro en la administración pública: una auditoría pública, transparente y técnica. Que se diga con precisión qué falló, cuándo falló, quién debía prevenirlo y cuánto costará -exactamente y no con cifras improvisadas corregirlo. Si se prometieron cincuenta años de tranquilidad, se tiene la obligación moral de explicar por qué la tranquilidad duró tan poco. Y si el gobierno actual asegura estar resolviendo el problema, entonces debe demostrarlo con resultados medibles, no con declaraciones tranquilizadoras.

Dice la frase que el cinismo consiste en conocer el precio de todo y el valor de nada. Quizá en nuestra política hidráulica hemos perfeccionado una variante: conocemos el costo de cada obra, pero seguimos ignorando el valor de la confianza pública. Esa confianza que desaparece cuando una familia debe comprar agua embotellada porque ya no cree en la que paga cada mes y que debería salir limpia.

La red hidráulica no necesita discursos, necesita mantenimiento. No necesita ceremonias, necesita supervisión. No necesita héroes políticos, necesita servidores públicos capaces de rendir cuentas.

Y mientras eso no ocurra, cada vaso de agua turbia será también un espejo. No reflejará únicamente el estado de una tubería, sino el estado de una forma de gobernar que lleva demasiado tiempo confundiendo los anuncios espectaculares con las soluciones reales.

Después de todo, si un gobierno no puede garantizar algo tan elemental como el acceso confiable al agua potable, entonces la pregunta ya no es qué está pasando con el agua.

La pregunta es: ¿qué está pasando con el Estado mismo?

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