Jueves, 11 de Junio 2026

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El silbatazo inicial

Por: Jonathan Lomelí

El silbatazo inicial

El silbatazo inicial

No nos hagamos pelotas. A estas alturas cualquier fanático del balompié medianamente informado ha maldecido -o está maldiciendo- la avaricia de la FIFA en torno al Mundial de Futbol que hoy inicia.

Será el Mundial más grande en tamaño con la participación de 48 selecciones y tres países, pero “más grande” no significa “mejor” sino más negocio.

El precio de un boleto para ver un partido en el estadio pondría en jaque la economía de una familia promedio en México (y hasta dos o tres juntas).

Una cerveza dentro del estadio costará 310 pesos. Unas papas fritas, 200 pesos. Ignoro si habrá Tostilocos con cueritos, pero por su valor de referencia en la Bolsa de Valores de Gusgueras, seguro supera a las Sabritas.

A los precios inflados, se suman las tensiones y críticas por la privatización de vías y espacios públicos, limitando la participación del comercio local, como el Fan Fest y la Última Milla cuyo fin último es acrecentar la renta y las ganancias de patrocinadores globales.  

Es como si un día don Infantino llegara a la sala de tu casa, le monta vallas de acceso restringido y comienza a cobrarte unas enchiladas suizas, preparadas en tu cocina, a precio de caviar, y tú pagas el gas y lavas los trastes.

La FIFA controla todo lo que implique dinero (su ingreso o su ahorro en impuestos locales).

Los restauranteros deben pagarle derechos de transmisión de los partidos y si no eres patrocinador oficial, tienes prohibido usar logotipos o palabras como Copa del Mundo, FIFA World Cup o Mundial 2026. Cualquier uso indebido implica multas millonarias.

Para esta edición, la FIFA proyecta ingresos de 13 mil millones de dólares -casi el doble que en Qatar 2022- generados en poco más de un mes, según medios especializados.

Para dimensionar, si repartiéramos ese dinero entre todos los mexicanos, nos tocaría alrededor de 100 dólares a cada uno.
Todo eso es la FIFA. Y aun así, a muchos nos emociona el Mundial. Porque el problema nunca es el futbol, sino quién se adueñó de él.

Los delirios mercantiles de la FIFA no cambian una verdad: el futbol es uno de los principales fenómenos culturales del planeta. Su dimensión social y emocional está más allá del dinero.

El verdadero valor del balompié no está en el jersey original, los botines de Mbappé o el paquete premium de miles de dólares para disfrutar la experiencia en el estadio.

Una forma de “hackear” la visión comercial de la FIFA es vivir el futbol a partir de las relaciones sociales y culturales que genera. Disfrutarlo como lo que es, una pasión que no necesita la cartera hinchada sino la sala, el bar o la terraza llena de una hinchada de amigos, familia y buenas botanas.  

En un país con tantos problemas, vale una pausa para disfrutar este Mundial desde esa visión más humana y sabiendo siempre que lo lúdico no quita lo crítico.

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