A la memoria de Gabriel Gómez LópezArmando González Torres (Ciudad de México, 1964) es uno de los ensayistas y poetas más destacados de su generación. Ya sea que diseccione las guerras culturales de Octavio Paz, que denuncie las imposturas y metamorfosis de los intelectuales o que retrate alguna estampa de la pequeña pero vigorosa tradición literaria mexicana, su estilo brilla siempre por sutil, pulcro, preciso, estimulante.Acaso su nombre sea poco conocido por el gran público lector. Lejos de los reflectores, González Torres ha cultivado un perfil discreto pero riguroso, cercano al espíritu de Gabriel Zaid: plenamente consagrado al oficio de las letras. Vive, pues, no para la pose y la fama, sino para “la vida creativa e intelectual”, a la que concibe —siguiendo al filósofo dominico A. D. Sertillanges— como “una prolongación de la vida espiritual” (La lectura y la sospecha. Ensayos sobre creatividad y vida intelectual, Cal y Arena, 2019, p. 11).Por eso, en “Otra misiva a un joven artista”, recomienda al aspirante a escritor que busca “prestigio social, abundantes reflectores y sex-appeal” (p. 17) no tanto leer y escribir disciplinada y afanosamente, a la manera de una vocación espiritual, sino volverse un experto en trepar la escalera de la fama literaria: “Si aspiras al ascenso en el mundo literario, apenas tienes que leer y escribir: mejor utiliza tu olfato y competencias sociales; amplía tu círculo de influencias en todos los ámbitos (…); acude a tertulias, ofrece fiestas y cocteles; acércate a escritores influyentes, editores, críticos y agentes literarios; no dejes que nadie se te escape sin halagarlo, imponerle un manuscrito o solicitarle un favor; participa en mesas y presentaciones siempre con palabra ligera y elogiosa; lee periódicos y cultiva temas de actualidad e interés; multiplica, más que tus obras, tu presencia; satura y circula, y nunca te detengas en anacrónicas consideraciones de calidad o congruencia, pues para triunfar no importa que te lean, sino que te identifiquen” (pp. 17-18).Si, por el contrario, el joven artista desea escribir por genuina necesidad interior y pese a éxitos mundanos —porque concibe “la escritura como una advocación personal, o hasta una enajenación” (p. 18)—, entonces deberá desarrollar “otras destrezas”, pues “la creatividad proviene tanto del entrenamiento persistente como de una suerte de gracia, tanto de lo rutinario de la técnica, como de lo insólito de la inspiración” (p. 18).González Torres no se hace remilgos ni es ingenuo. Sabe bien que “en el mundo de la creación, la necesidad y la contingencia, lo espiritual y lo material se reúnen de maneras insospechadas” (p. 11); es decir, que “una obra puede ser producto tanto de un milagro de la voluntad del artista como de un subsidio, y un prestigio artístico puede ser absolutamente merecido por razones estéticas o, bien, inducido por motivos políticos o mercadotécnicos” (p. 11). Artista al fin, sabe que “el oficio literario es indispensable, pero no suficiente y, acaso, una vez hecha la debida gimnasia, la gracia se digne, o no, a aparecerse” (p. 18).Lo crucial no es, en resumen, si el genio nos visita o no; es la fidelidad, no a la parafernalia y el espectáculo, sino al acto creativo. Más que una facultad sobrenatural, la creatividad, sostiene González Torres —siguiendo a José Antonio Marina y Álvaro Pombo, autores de La creatividad literaria (Ariel, 2013)—, es un hábito humano que, como cualquier otro, se puede aprender y pulir.Para cultivar el hábito creativo, quizá el primer paso sea aceptar que “la mayoría de los creadores tienden a adoptar rutinas que se asemejan más a la regularidad monacal o burocrática que a la glamorosa bohemia” (p. 22). Pues, una vez más —he aquí el eje del libro—, “la vida intelectual es una prolongación de la vida espiritual que otorga formas privilegiadas de revelación interior, placer y autoafirmación, siempre y cuando se emprenda con compromiso y disciplina y sea impulsada por la honestidad” (p. 26).Como toda la obra ensayística de Armando González Torres, La lectura y la sospecha es garantía de perspicacia intelectual, profundidad filosófica y aliento moral; pero también de goce y placer estético. Sus libros son prueba de que el trabajo intelectual y creativo, cuando es entendido como “una consagración gozosa, llena de pequeñas pero edificantes retribuciones” (p. 26), produce obras auténticas y excitantes, no sólo agudas sino bellas.