Domingo, 20 de Septiembre 2026

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La chatarra alimentaria también enferma

Por: Guillermo Dellamary

La chatarra alimentaria también enferma

La chatarra alimentaria también enferma

Un niño entra a la escuela con una botella de agua y una manzana. Afuera, antes de cruzar la puerta, lo esperan los colores, sabores y anuncios de siempre: refrescos, papitas, pastelillos y bebidas cargadas de azúcar. Dentro del plantel se prohíbe la comida chatarra; fuera de él, el país entero continúa ofreciéndoselas.

La estrategia “Vida Saludable” es necesaria. Cuatro de cada diez niñas, niños y adolescentes valorados presentan sobrepeso u obesidad. Ante semejante emergencia, retirar de las escuelas los productos dañinos no es una exageración ni un atentado contra la libertad comercial. Es una obligación de salud pública. Pero es apenas un gesto si no se enfrenta a quienes los fabrican, anuncian y distribuyen esa basura alimentaria por todos los rincones de México.

Resulta cómodo pedirles a los niños que elijan bien, mientras algunas de las empresas más poderosas diseñan productos para seducirlos desde pequeños. Dominan las tiendas, patrocinan eventos, se disfrazan de convivencia familiar y convierten el exceso de azúcar, grasa y sodio en premio, consuelo y costumbre. Después, cuando aparecen la obesidad, la diabetes y la hipertensión, la responsabilidad se deposita sobre el consumidor.

Tampoco puede llamarse libertad de elección a una decisión manipulada desde la infancia por campañas millonarias, disponibilidad permanente y fórmulas concebidas para que resulte difícil dejar de comer y beber sin medida, como el glutamato monosódico.

No se trata de equiparar con los criterios entre las frituras con las drogas. Pero sí de reconocer el mismo principio: cuando un producto ocasiona un daño colectivo grave, el Estado no debe limitarse a recomendar moderación. Si ciertas sustancias se prohíben para proteger la salud pública, ¿por qué aceptamos que productos sin verdadero valor nutritivo se vendan diariamente a los menores y por doquier? La libertad empresarial no incluye el derecho a enfermarlos con esa basura.

La comida chatarra no solamente debe salir de los planteles escolares. Los productos más dañinos deben ser retirados gradualmente del mercado, restringirse severamente su publicidad y obligar a las compañías a reformular lo que venden. No basta colocar sellos negros sobre envolturas atractivas. Hay que impulsar alimentos accesibles, nutritivos y honestos; garantizar agua potable; vigilar lo que se ofrece alrededor de las escuelas y evitar que comer saludablemente sea un privilegio económico.

También necesitamos recuperar la educación del cuerpo. Una clase ocasional de educación física no compensa cinco horas sentados ni una vida sometida a las pantallas. La escuela debe además enseñar a cocinar, comprender bien las etiquetas, beber más agua, dominar el antojo y la comida emocional, moverse diariamente y descubrir que el ejercicio también puede mejorar la salud.

La báscula ya lanzó un foco rojo. Ahora falta decidir si seguiremos solo pesando niños mientras protegemos a los negocios que los engordan y cuándo comenzaremos a quitarnos de encima el peso de una sociedad que comercializa la chatarra y los alimenta inadecuadamente para luego culparlos por comer demás y mal, hasta enfermarse de obesidad.

dellamary@gmail.com

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