Martes, 17 de Marzo 2026

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Las dos guerras

Por: Nadine Cortés

Las dos guerras

Las dos guerras

A primera vista, el conflicto que se desarrolla hoy en Oriente Medio parece una guerra convencional. Bombardeos, misiles, advertencias de represalia y líderes que hablan con la seguridad de quien cree tener el control de los acontecimientos. Es la guerra visible: la que se mide en bases destruidas, refinerías incendiadas y ciudades en alerta.

Pero debajo de esa escena ocurre otra cosa.

En realidad se están librando dos guerras al mismo tiempo.

La primera es la militar. Estados Unidos e Israel intentan degradar la capacidad estratégica de Irán y limitar su programa nuclear mediante una demostración de fuerza. Es la lógica clásica del poder duro: destruir infraestructura, reducir capacidades, mostrar superioridad.

La segunda guerra es mucho menos visible, pero potencialmente más determinante. Es la guerra económica.

Irán sabe que no puede derrotar militarmente a Estados Unidos ni a Israel. Su apuesta se encuentra en otro terreno. Si logra alterar el flujo energético en el estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del veinte por ciento del petróleo mundial— el impacto se extiende inmediatamente mucho más allá de la región. No necesita ganar batallas. Le basta con introducir incertidumbre suficiente en el sistema energético global.

En esa lógica, resistir puede ser más eficaz que vencer.

Las guerras contemporáneas ya no se libran únicamente en el campo de batalla. Se libran también en los mercados, en las rutas marítimas y en la presión política que el aumento de los precios de la energía genera dentro de los gobiernos.

Por eso el conflicto actual produce escenas que, en otro momento, parecerían absurdas.

Rusia, un país que libra su propia guerra en Ucrania y que mantiene una confrontación abierta con Occidente, se ofrece ahora como intermediario entre Irán y Estados Unidos. La imagen tiene algo de surrealista: un actor central de un conflicto internacional intentando presentarse como mediador en otro.

Pero la política internacional suele moverse en ese tipo de contradicciones.

Mientras Washington apuesta por demostrar su capacidad militar y Teherán intenta convertir la crisis energética en una herramienta estratégica, otros actores observan el tablero con atención. China, principal comprador del petróleo iraní antes de la escalada, mide el impacto de la crisis sobre sus propias cadenas de suministro. Europa intenta evitar que el aumento del precio de la energía vuelva a tensar economías que apenas comenzaban a estabilizarse.

En ese contexto, hablar de victoria se vuelve cada vez más complejo.

Estados Unidos puede ganar en el plano militar. Irán puede resistir lo suficiente para alterar el equilibrio económico. Rusia puede aprovechar la crisis para reposicionarse diplomáticamente. Y el resto del mundo descubre, una vez más, que los conflictos contemporáneos rara vez se quedan donde comenzaron.

Empiezan con misiles.

Pero terminan moviendo mercados.

Quizá esa sea la verdadera naturaleza de las guerras del siglo XXI: conflictos que ya no se definen únicamente por quién gana en el campo de batalla, sino por quién logra trasladar el costo del conflicto al resto del mundo.

paola.nadine@gmail.com 

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