El filósofo polaco Leszek Kołakowski (1927-2009) fue durante años el típico intelectual del siglo XX: un adversario de los católicos y de los «burgueses», un militante del Partido Comunista, un marxista ortodoxo.Pero un viaje de estudios a Moscú, así como la intolerancia intelectual del régimen comunista polaco lo hicieron criticar a Stalin, desencantarse de las sociedades de tipo soviético y luchar por la democratización de su país. Su giro revisionista motivó su expulsión del Partido Comunista polaco en 1966. Dos años después, la Universidad de Varsovia —donde se doctoró en filosofía en 1953— le retiró su cátedra.Esta doble expulsión terminó por llevarlo (como a Karl Marx) al exilio inglés. En 1970, fue elegido fellow en All Souls. Fue en este prestigioso college de la Universidad de Oxford (donde, por cierto, también trabajó Isaiah Berlin) que escribió las 1,300 páginas de Las corrientes principales del marxismo, su célebre y perspicaz demolición intelectual del comunismo, publicada en tres volúmenes de 1976 a 1978.Sin embargo, aunque heterodoxo, Kołakowski nunca dejó de ser, en cierto sentido, socialista. Sin renegar de sus deudas intelectuales con la tradición que lo formó, Kołakowski insistió en aliar lo mejor del socialismo —la defensa de la igualdad y de los más desfavorecidos— con las otras dos corrientes políticas principales de la modernidad. Este es el meollo de su breve y polémico ensayo «Cómo ser un conservador-liberal-socialista» (1978), recogido en La modernidad siempre a prueba (libro publicado, en México, por la Editorial Vuelta en 1990).Kołakowski tenía, por decir lo menos, una mente audaz. En plena Guerra Fría, pocos pretendían buscar un equilibrio entre los tres «enemigos», cuyos valores centrales son mutuamente excluyentes, pero sólo si se llevan al límite; tratados, no como dogmas, sino como «ideas reguladoras» (p. 302), se pueden complementar de forma natural. De allí la célebre e insólita convicción de Kołakowski: «es posible ser un conservador-liberal-socialista» (p. 302).Kołakowski muestra en su ensayo una vigorosa fe en la capacidad integradora de la filosofía, una probable herencia de Hegel vía Marx. Hegel pensaba que la filosofía puede reconciliar elementos aparentemente contradictorios de la realidad; de aquí proviene su propósito formal de «la cancelación de las divisiones» (die Aufhebung der Entzweiung). Así, sanar fracturas, superar enemistades o armonizar desuniones es la tarea central del pensamiento, una operación dialéctica que no anula los opuestos, sino que los integra de modo creativo.En otras palabras: Kołakowski sostiene que es posible cultivar una sociedad donde convivan, en un equilibrio frágil pero virtuoso, la tradición, la libertad individual y la igualdad social. Para ello se requiere un espíritu dialógico y constructivo, como también juicio político para atenuar el inevitable choque entre valores. Se trata de impedir que la veneración conservadora del pasado amordace la libertad y la racionalidad —como pasa en la teocracia islámica—; que la igualdad y la cohesión social sean socavadas por el mercado —como pasa en el neoliberalismo—; y, por último, evitar que la defensa socialista del desfavorecido anule la iniciativa individual y la libertad económica —como pasa en el comunismo—.A Kołakowski lo anima, por otro lado, la fecunda tensión moral que habitaba en su propio espíritu. Filósofo preocupado por Dios como fuente de significado vital, Kołakowski creía que la tradición, la familia, la nación, la religión y aun el tabú «influyen decisivamente en hacer más tolerable —y posible, incluso— la vida» (p. 299). Pero, al mismo tiempo, tenía una pasión por la creatividad y la libertad que no le impedía abjurar del sufrimiento humano socialmente infligido. Si en un mismo individuo cohabitan sensibilidades tan diversas, ¿cómo esperar que la sociedad sea homogénea y simple, o que pueda alcanzar un estadio cuasiperfecto, libre de conflictos y tensiones?Tras vivir su adolescencia en la Łódź ocupada por los nazis, y su madurez en la Polonia comunista, a Kołakowski lo anima, en suma, una férrea oposición a todo fanatismo intelectual y extremismo político. Esbocemos, a partir de su ensayo, las siguientes conclusiones:(1) Aferrarse a un único valor, sensibilidad o propósito conduce al sofocamiento de la vida, la cual es, por definición, dinámica, heterogénea y plural. Las sociedades contemporáneas son demasiado complejas para caber bajo el manto de una sola doctrina político-económica. De ahí que el reduccionismo teórico sea fatal en la práctica: la radicalización de una sola pulsión ideológica, unida a la búsqueda de una Utopía, es el germen del totalitarismo.(2) En tiempos de polarización, debemos buscar idearios filosófico-políticos integradores y audaces. La vida moral y política requieren deliberación y transacción constante entre valores contrapuestos. Venerar el pasado no impide amar la libertad, así como optar por el individualismo liberal no es óbice para proteger a los desfavorecidos. La riqueza teórica y la mixtura política plasmadas en una Constitución son un fundamento de la libertad.(3) La alternativa a la apelación demagógica al «Pueblo» para desmantelar la democracia no es el grito purista de «¡Viva la libertad, carajo!». Es la construcción de un centro político moderado, complejo y mixto —conservador, liberal y socialista— capaz de reconstruir la democracia a través de una tensión creativa entre tradición, derechos individuales y justicia social.Leszek Kołakowski murió en Oxford, la «Ciudad de las Agujas de Ensueño», a los 81 años. Recordémoslo, no sólo como uno de los críticos más penetrantes y lúcidos del marxismo como ilusión escatológica, mito milenarista y Absoluto, sino como adversario de las izquierdas y derechas ramplonas y la simplicidad intelectual. Recordémoslo como uno de los grandes filósofos de la libertad del siglo XX.