El liberalismo no está más cerca de la «Realidad» que sus rivales. Tampoco se basa en proposiciones inherentemente «Verdaderas». ¿Qué es, entonces? ¿Y cuál es su propósito?El liberalismo, destaca el filósofo pragmatista Richard Rorty (1931-2007), está lejos de erigirse en verdad eterna o en fin inevitable de la historia. Se asume como una creación contingente, producto de incontables variables históricas y procesos sociales. Esto no le impide, sin embargo, cierta superioridad: es una alternativa filosófica más valiosa y conveniente para dar forma a nuestras vidas. Ante todo, el liberalismo es un vocabulario o léxico cuyo propósito no reside en reflejar la naturaleza verdadera de conceptos como «libertad» o «Estado». Reside en fungir como herramienta que reduzca la crueldad y el sufrimiento humanos.El liberal que Rorty dibuja duda de sí mismo radical y constantemente. Es irónico, no “metafísico”: reconoce el carácter contingente de su léxico y persigue otros léxicos y descripciones del mundo, más eficaces para sus propósitos. Se trata al fin de una tarea etnocéntrica, pues el ironista liberal valora prácticas y formas de vida europeas y burguesas como mejores que otras igual de contingentes e históricas. Sin embargo, no es excluyente. El ironista liberal busca democratizar la sociedad y aumentar nuestro sentimiento de solidaridad humana. Su tarea es inclusiva o —por emplear un término por desgracia en desuso— universalista.Polémico como el resto de su obra, el liberalismo de Rorty cautiva por su profundo humanismo. Su insistencia central —ser liberal consiste en creer que no hay nada peor que la crueldad humana— recuerda a Isaiah Berlin, quien creía que «[l]a primera obligación pública es evitar los extremos de sufrimiento» (El estudio adecuado de la humanidad, FCE, 2009, p. 18).Pero ¿cómo se persuade al otro de adoptar un léxico liberal? Esto no se hace, según Rorty, con demostraciones algorítmicas (del tipo «2+2=4»). Se hace redescribiendo de manera atractiva las prácticas y formas de vida liberales. «Mira: en esta sociedad liberal, las consecuencias de tal acto o idea fueron A y B; en aquella, en cambio, fueron C y D». El ironista liberal redescribe con metáforas y relatos; pero también con argumentos y justificaciones, aunque no algorítmicas ni «verticales», sino «horizontales» y falibles.Las redescripciones audaces, al hacernos ver formas de sufrimiento desconocidas, amplían nuestra imaginación moral. Las novelas y el periodismo, dice Rorty, son cruciales para difundir el compromiso liberal de reducir la crueldad humana; la literatura, fuente de placer privado, tiene, pues, una función pública indispensable. Por consiguiente, la tarea del intelectual liberal es mejorar nuestra capacidad descriptiva para ensanchar lo que se puede pensar y decir. Es sensibilizarnos y profundizar nuestra empatía con el otro y ampliar la noción que tengamos de «nosotros».Pero, finalmente, ¿no hay contradicción en reconocer el carácter radicalmente contingente de nuestro léxico y, al mismo tiempo, comprometernos firmemente con él? ¿No hay tras la máscara del liberalismo otra forma de relativismo? Rorty es enfático al respecto: «una convicción puede continuar regulando las acciones y seguir siendo considerada como algo por lo cual vale la pena morir, aun entre personas que saben muy bien que lo que ha provocado tal convicción no es nada más profundo que las contingentes circunstancias históricas» (Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, 1991, p. 208). No hay relativismo aquí, pues se trata de una posición mínima: la de asumir como verdad que reducir la crueldad humana es un bien moral.