A más de un siglo de distancia, los expedientes sin resolver de nuestra ciudad siguen fascinando. Hoy, cuando la tecnología parece explicarlo todo, recordar el caso de la lluvia de piedras de 1922 nos demuestra que Guadalajara aún guarda secretos oscuros que desafían toda lógica y razón.Todo comenzó a mediados de mayo de 1922, en una finca tradicional ubicada en el número 480 de la Avenida Colón.La propiedad, perteneciente a una conocida familia de apellido Cueva, se encontraba en el corazón del populoso barrio de Mexicaltzingo.Era una casa amplia, típica de la arquitectura del siglo XIX, equipada con energía eléctrica y grandes patios que pronto se convertirían en el epicentro del terror.Durante las primeras horas de la noche, los habitantes fueron sorprendidos por una repentina lluvia de piedras que caía directamente sobre el patio principal.Al principio, la familia Cueva pensó que se trataba de una simple broma pesada orquestada por vecinos traviesos de la zona.Sin embargo, la procedencia de los proyectiles era completamente imposible de rastrear en la oscuridad de la noche tapatía.El fenómeno no se detuvo esa primera noche. Durante los siguientes dos o tres días, los ruidos extraños se trasladaron a la azotea del inmueble.Los residentes, tratando de encontrar una explicación lógica y terrenal, creyeron firmemente que se trataba de ladrones intentando ingresar a los departamentos.Pero la situación escaló rápidamente hacia lo inexplicable, rompiendo con cualquier teoría criminal.Una nueva lluvia de rocas, mucho más violenta y considerable, azotó la propiedad de manera ininterrumpida durante casi cuatro horas.El pánico se apoderó de los inquilinos, quienes, desesperados y temiendo por su integridad física, decidieron solicitar la intervención inmediata de las autoridades locales.El llamado de auxilio movilizó a más de 15 gendarmes de la policía municipal, quienes llegaron al lugar esperando atrapar a los supuestos delincuentes.Lo que encontraron los dejó sin palabras: las piedras que caían del cielo pesaban entre cuatro y cinco kilos, un peso letal si impactaban a alguien.Incluso el presidente municipal de aquel entonces, José G. Zuno, quien vivía en una casa de esa misma manzana, acudió al lugar para presenciar el evento.Junto a él, el agente del Ministerio Público, Alberto González, y decenas de curiosos fueron testigos presenciales de este bombardeo inexplicable.Los policías subieron a las azoteas, peinaron las calles aledañas y revisaron los alrededores, pero no encontraron absolutamente a nadie.No había catapultas, ni personas ocultas, ni ninguna explicación física para el lanzamiento de rocas de tal magnitud.El reconocido diario EL INFORMADOR documentó el suceso el sábado 20 de mayo de 1922, catalogándolo en sus páginas como obra de "espíritus chocarreros" o "cosas de brujas".Hasta el día de hoy, el extraño fenómeno de la casa de la familia Cueva permanece como una de las leyendas urbanas más intrigantes y mejor documentadas en la historia de Jalisco, sin que nadie haya podido resolver el enigma.Esta nota fue redactada con ayuda de inteligencia artificial y revisada por un editor*** Mantente al día con las noticias, únete a nuestro canal de WhatsApp ***OA