La conquista romana de la península ibérica no solo transformó sus ciudades, lenguas y formas de vida, también dejó una profunda huella en el ADN de sus habitantes. El análisis de cientos de genomas antiguos ha permitido reconstruir cómo cambió la composición genética de la población entre los siglos I y VIII, revelando que la romanización provocó una transformación demográfica mucho mayor que las posteriores migraciones de pueblos germánicos.El estudio, publicado en Cell y liderado por investigadores del Instituto de Biología Evolutiva, el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, la Universidad de Harvard y la Euskal Herriko Unibertsitatea, analizó 243 genomas procedentes de 31 yacimientos arqueológicos. Los resultados muestran que la población de la península, relativamente homogénea durante la Edad del Hierro, recibió nuevos aportes genéticos durante la expansión del Imperio romano.La investigación también desafía una idea intuitiva sobre la romanización, el principal aporte externo no procedió de la península itálica. La movilidad favorecida por el Imperio convirtió el Mediterráneo en una vía de intercambio humano y llevó hasta Hispania poblaciones procedentes de Anatolia y del norte de África, mientras que la contribución genética directamente vinculada con Italia fue prácticamente inexistente.El ADN antiguo permite observar la romanización desde una perspectiva distinta a la de las crónicas y los restos arquitectónicos, como un proceso de movilidad humana que conectó la península ibérica con algunas de las principales ciudades y regiones del Mediterráneo.Pero a diferencia de la profunda transformación demográfica producida durante la ocupación romana, la llegada de los visigodos y otros grupos germánicos (suevos, vándalos y alanos), a partir del siglo V, tuvo un impacto genético mucho más limitado en la península ibérica."Si lo comparamos con otras zonas estudiadas, como los Balcanes o Gran Bretaña, donde estos pueblos representan entre el 40 y el 60% de la ascendencia genética de la población actual, o el 40% en el caso de los Balcanes, en España es difícil estimarlo pero podría estar en torno al 10 o 20%, dependiendo de la región", apunta Lalueza-Fox."La historia genética de la península ibérica es distinta de la de otras partes de la Europa posromana. Encontramos migración y nuevas ascendencias, pero no una sustitución de la población ni un impacto demográfico a gran escala", precisa David Reich, investigador principal en Harvard y corresponsable del estudio.Los autores creen que aunque los pueblos germánicos dejaron poca huella en la genética local principalmente porque eran pocos. Según estimaciones históricas, serían unas 200 mil personas como máximo, frente a unos seis millones de habitantes hispanorromanos, es decir, no llegaban al 10% de la población peninsular.Ademas, llevaron a cabo lo que se conoce como un 'reemplazo de élite', porque "no fueron una migración masiva, sino que sustituyeron a la élite local y se establecieron como clase gobernante". "Los visigodos, por ejemplo, mantuvieron muchas estructuras administrativas y algunos latifundios y fundaron algunas ciudades pero básicamente lo que hicieron fue sustituir a las autoridades locales", comenta Lalueza-Fox.Estas poblaciones, además, no solían mezclarse con la población local porque eran arrianos -un tipo de cristianismo que tenía prohibido el matrimonio local con la población hispanorromana, que era católica-, y porque nunca llegaron a establecer un sistema sucesorio, sino que "elegían a sus gobernantes por cuestión de méritos, lo que causaba un caos constante", comenta el paleogenetista catalán.Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es el de dos hermanos biológicos de ascendencia centroeuropea. Él estaba enterrado en la necrópolis de Corralón de los Blanes, en Augusta Emerita (Mérida), y ella, en el yacimiento del Idum de Vilanova de Alcolea (Castellón), una antigua posada cercana a la calzada romana en la que se podía pernoctar y cambiar los caballos.Estos lugares estaban separados por 725 kilómetros -un viaje de quince días a caballo-, "y eso nos da una idea de la extraordinaria movilidad que había en aquella época", gracias a las calzadas romanas que seguían en uso, explica."Es la mayor separación geográfica entre parientes de primer grado documentada en la arqueología mundial. Antes de eso, solo habíamos encontrado un padre y una hija separados por 6 kilómetros", comenta Lalueza-Fox. Asimismo, aunque no se puede saber qué hacía tan lejos del reino suevo, la vasija de vidrio y los alfileres de oro con los que fue enterrada indican que era de una elevada posición social.Para Lalueza-Fox, hallazgos como este no solo revelan aspectos como el estatus o la movilidad en estos periodos, sino que "dejan de ser datos y se convierten en historias personales que dan una visión mucho más humana y realista de estos periodos".TG