Martes, 23 de Abril 2024

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Marko Cortés y la pornografía política

Por: Diego Petersen

Marko Cortés y la pornografía política

Marko Cortés y la pornografía política

Lo burdo del documento del acuerdo entre el PAN de Marko Cortés y el PRI de “Alito” Moreno para la elección de Coahuila provocó el asco de más de algún ciudadano. Efectivamente la política es así, y más vale no enterarse de cómo se hacen los acuerdos, como tampoco hay que visitar jamás una fábrica de salchichas o cualquier procesadora de carne. El acuerdo de Coahuila ruborizó hasta los más pragmáticos, pues el reparto del botín era demasiado explícito, sólo les faltó escribir cómo se iban a repartir los moches de la obra pública y las ventas del Gobierno, que seguro lo hablaron, pero no lo dejaron por escrito.

Dar a conocer el acuerdo es uno de los errores políticos más sobresalientes de los años recientes, casi a nivel del fallido Fosfo-candidato. ¿Por qué se equivocó? Simple y sencillamente porque no lo vio, no fue capaz de reconocer que ese documento era un dechado de pornografía política. ¿Por qué no lo vio? Porque para esa generación del PAN, la que llegó a las dirigencias cuando perdieron el poder, no sólo es algo normal, sino que es la única política que saben hacer.

Durante 40 años, de 1975 a 2015, la batalla al interior del PAN fue ideológica. Las pugnas entre liberales, neoliberales y conservadores (que, contrario a lo que predica el Presidente López Obrador, no son la misma cosa) definía la vida interna de ese partido. A mediados del sexenio de Felipe Calderón, con la evidencia de un franco deterioro y el descenso electoral del PAN, los burócratas se apoderaron del partido. La batalla ya no era ideológica, sino de posiciones de poder. El pragmatismo y la derrota fueron una misma cosa.

La generación de Marko Cortés en el PAN es de los grandes administradores de la derrota. Lo que hace la dirigencia nacional del blanquiazul no es distinto a lo que las dirigencias locales han hecho a lo largo de doce años en Jalisco, quince en Nuevo León y décadas en la Ciudad de México. Son pequeñas camarillas que se reparten regidurías y diputaciones, que negocian con el poder en turno sus votos por posiciones, llámese magistrados, organismos públicos descentralizados o plazas en las nóminas estatales y municipales, y al final gestionan esos espacios de poder con absoluta impunidad sin tener que rendir cuentas a nadie.

Para ellos un partido que tiene entre diez y quince por ciento de la votación les es más rentable porque no tienen que compartir el botín. Son lo suficientemente significativos para cualquier Gobierno y al mismo tiempo invisibles para la opinión pública a la que les resultan demasiado pequeños. La generación de la derrota administra el partido y su rebanada de poder a su antojo, entre una pequeña camarilla de cuates sin la presión de grandes liderazgos. Aprendieron el modelo de gestión del Partido Verde y lo hicieron con descaro pornográfico. 

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