Hay amores tormentosos y el de México con España es uno de ellos. Con ningún país compartimos tanta historia como con España. 300 años de colonización generan necesariamente una identidad compartida indisoluble, así como sentimientos de deuda y rencor inevitables. Los problemas han sido, sin embargo, mucho más políticos que culturales.La única ruptura entre los dos Estados fue en la dictadura franquista. Ni siquiera la independencia generó una distancia política como la que se vivió en el siglo XX. Sin embargo, pocas cosas nos unieron tanto como la migración española a México en aquellos años. Fue el presidente Lázaro Cárdenas quien rompió relaciones con la dictadura militar española en 1939. Luis Echeverría como presidente encabezó una protesta internacional contra el franquismo. No obstante, él mismo, al final de su sexenio, ya muerto Franco, hizo un gran esfuerzo por restablecer la relación diplomática. Fue cuatro meses después, ya con López Portillo en el poder, que se restablecieron las relaciones, mismas que no comenzaron de la mejor manera, pues al presidente megalómano no se le ocurrió mejor idea que mandar como embajador al ex presidente Díaz Órdaz. El embajador presentó credenciales ante el rey Juan Carlos el 12 de julio de 1977 y renunció unos días después, el 4 de agosto, por motivos de salud, sin haber ocupado jamás la embajada. Por cierto, España nunca solicitó una disculpa por semejante disparate diplomático.La exigencia del presidente López Obrador, cilindrado por su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, de que España ofreciera disculpas públicas por los abusos de la conquista, enfriaron la segunda relación económica y cultural más fuerte para México, solo después de Estados Unidos, pero la más importante para hacer frente al incómodo vecino del Norte, más incluso que Canadá que tiene su propia agenda con los estadunidenses.Sin poder llamarle por su nombre a la pifia diplomática de López Obrador, cuya visión del mundo no iba más allá de su propio ombligo, Claudia Sheinbaum ha ido reconstruyendo la relación con España sobre un terreno minado. Si da un paso en falso, le explotarán en la cara una las máximas del obradorismo: el mundo se divide en buenos y malos, pero, sobre todo, la que dice que el líder nunca se equivoca. Arrinconada por Trump, la Presidenta ha tenido que ir dejando el maniqueísmo inútil de su antecesor e ir tejiendo la relación con España de a poco: primero con los empresarios, luego con Pedro Sánchez en una reunión con líderes de la izquierda, ahora con el rey.Lo que nunca entendieron López Obrador y Gutiérrez Müller, ambos nietos de españoles, es que la relación con España es a la vez tormentosa y amorosa, que ese aparente odio a “los gachupines” es una construcción de la historia oficial, de la religión de la patria. Que más allá de los abusos de los conquistadores, que, por supuesto que sí los hubo, y nadie lo ha puesto jamás en duda, somos una misma construcción cultural a través de un idioma. Porque, aunque hablemos tan distinto, ellos a gritos y nosotros en diminutivo, los habitantes de ambos países somos hijos de Paz, nietos de Pérez Galdós y bisnietos de Cervantes.diego.petersen@informador.com.mx