Domingo, 31 de Mayo 2026

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El brutalismo social

Por: Armando González Escoto

El brutalismo social

El brutalismo social

El brutalismo es un término muy usado para definir un determinado estilo arquitectónico que se ha dado en el mundo occidental en las últimas décadas, pero no me refiero en esta columna a ese brutalismo, sino a una tendencia social que en su momento Giovanni Papini identificó en un personaje de su novela Gog, y al cual llamó precisamente el embrutecedor.

El embrutecedor es un tipo que recorre el planeta con la noble intención de devolver al ser humano a su condición original de bruto, en el sentido de animal irracional, ya que la civilización, con todas sus cargas, se ha vuelto ominosa y en exceso controladora. Despojarse de todos los códigos, de todas las reglas y convenciones, es el camino definitivo de la liberación humana.

En esa línea podemos leer un suceso recientemente ocurrido en la Ciudad de México. Un ciclista se desmaya y cae al piso; un automovilista que observa la escena frena, se baja de inmediato, se acerca al sujeto desmayado, le roba lo que puede y escapa en su auto dejándolo tirado. No hace mucho, aquí en nuestra ciudad, un conductor sufrió un infarto y chocó su auto con un poste de esquina; de inmediato salió un vecino y, con la premura de las circunstancias, robó de la persona y del auto lo que pudo para volver de inmediato a su casa. Ni uno ni otro hicieron nada por ayudar a las personas en tan grave situación. Ambos bandidos eran personas jóvenes, similares a los que roban a ancianos o los drogan, es decir, gente que ha sido embrutecida por las circunstancias actuales que vivimos, por la ausencia de una educación en valores, por ese paulatino envilecimiento de la humanidad dispuesta a buscar sólo su provecho a costa de lo que sea. Pero no solamente los jóvenes que habitan en tal o cual colonia y que no estudiaron, también los hijos de papi que insultan a cualquier persona que estorbe el paso a sus autos de lujo, gritándoles todo tipo de insolencias, así sean egresados de costosas universidades. La gente mayor también se ha unido a esta danza macabra; lo vemos en algunos de los grandes líderes políticos del planeta, cuyas acciones no pueden calificarse de otra manera que de brutalismo. Incluso un ilustre monarca ya fallecido, de los que tienen título sin poder, dijo alguna vez, no sé si en serio o en broma, que, si la reencarnación existiera, le gustaría reencarnar en un virus letal que acabara con la humanidad.

El embrutecimiento social es en verdad alarmante; la delincuencia organizada lo ha exhibido y lo sigue haciendo, así tengan que estar cambiando de capo cada tres meses. Más alarmante aún resulta el que la sociedad se mantenga absorta, ajena a estas realidades, indiferente ahora y cómplice mañana; desde luego, también víctima de esa marejada que pudo evitar y no evitó.

Este deshumanismo galopante se debe en parte a que las familias claudicaron en los procesos formativos de los hijos, a que los valores éticos, en crisis desde hace décadas, dejaron el debate, que ya era positivo, y optaron por la permisividad comprensiva, particularmente en nuestro sistema educativo nacional, sin mencionar que los maestros de amplias regiones del sur mexicano dedican la mitad de su tiempo a estar en huelga y agredir a la ciudadanía con las movilizaciones que promueven.

Controlar finalmente el uso de las redes sociales en las aulas es un paso inteligente, que ya países más desarrollados habían dado hace años en Francia, Finlandia o China, si consideramos hasta qué punto el abuso de este notable recurso ha igualmente embrutecido la mente de los alumnos.

armando.gon@univa.mx

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