Martes, 16 de Junio 2026

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El cambio de intérpretes

Por: Nadine Cortés

El cambio de intérpretes

El cambio de intérpretes

En política no hay sorpresas, hay señales que se acumulan, circunstancias que maduran y consecuencias que un día aparecen como si fueran novedad.

América Latina parece caminar otra vez hacia la derecha. Esa es la lectura inmediata, pero quizá el fenómeno de fondo no sea un giro ideológico, sino un cambio de intérpretes: sociedades que empiezan a retirar autoridad a quienes ya no logran explicar el tiempo que les toca vivir.

Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú o Colombia no son el mismo país ni atraviesan el mismo proceso. Sería un error meterlos en una sola bolsa. Pero sí comparten un síntoma: algo se agotó en la relación entre poder, relato y vida cotidiana.

América Latina no solo alterna Gobiernos; ensaya respuestas extremas cuando sus élites dejan de explicar el miedo social. Por eso sus crisis no producen únicamente cambios electorales, sino nuevas promesas de salvación: redención, castigo, orden, mercado, patria o futuro.

Una élite no pierde el poder el día que otra gana una elección. Lo pierde antes, cuando sus palabras dejan de ordenar la realidad; cuando el relato que la llevó al poder deja de coincidir con la experiencia de quienes la sostuvieron.

Durante años, buena parte de la región votó contra el abuso económico, contra la desigualdad y contra élites que parecían gobernar desde otro piso; era natural. Cuando una sociedad se siente explotada, busca justicia. Pero todo ciclo enfrenta su prueba: convertir la causa en Estado, la promesa en gobierno y la dignidad en vida concreta.

Allí, muchos proyectos comenzaron a desgastarse, no necesariamente porque sus banderas fueran falsas, sino porque el poder no se sostiene solo con razón histórica. Se sostiene con seguridad, comida, servicios, confianza, futuro. Cuando eso falta, la esperanza pierde fuerza y el miedo empieza a ordenar la política.

Las sociedades péndulo no son sociedades confundidas; son sociedades heridas. Cuando domina el miedo al abuso, piden justicia. Cuando domina el miedo al caos, piden autoridad. Y cuando las instituciones no cuidan, el pueblo no siempre pide mejores instituciones; a veces pide rey.

La Revolución francesa prometió libertad, igualdad y fraternidad; pero cuando la promesa se volvió terror, escasez y guerra, Francia terminó aceptando a Napoleón. No volvió el rey; cambió el intérprete del orden.

Ese es el riesgo de todo fin de ciclo: los nuevos reyes no llegan necesariamente con corona. Llegan con discursos de eficiencia, mano dura, castigo, fe, mercado o salvación nacional. Pero casi nunca aparecen de la nada, los produce el vacío que otros dejaron.

La derecha no vuelve sola. La empujan las consecuencias.

Y cada vez que una élite cree que el poder le pertenece por historia, por causa o por costumbre, olvida una regla antigua: ningún relato sobrevive demasiado tiempo si deja de cuidar la vida y los intereses de quienes lo hicieron posible.

paola.nadine@gmail.com

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