En el mundo de la educación pasamos décadas en un paradigma: pensamos que el gran reto era introducir cada vez más tecnología en las aulas. Había que poner laboratorios de tecnología en todas las escuelas… primero fueron las computadoras, después las tabletas y ahora, el gran tema es la Inteligencia Artificial.Tengo dudas al respecto. ¿Estamos ayudando a desarrollar el cerebro de nuestros niños o, en lugar de ello, estamos sustituyendo el trabajo que necesitan hacer para desarrollarse? Creo que no se trata de estar en contra de la tecnología. De lo que sí tendríamos que estar en contra, es de sustituir los procesos cognitivos fundamentales cuando el cerebro aún se está formando.Pensemos en un gimnasio. Nadie va al gimnasio esperando que una máquina levante las pesas por él. Uno sabe que el esfuerzo para levantar esas pesas, necesariamente, lo tenemos que hacer nosotros. Solo haciendo ese ejercicio de manera sistemática y con las suficientes repeticiones, nuestros músculos podrán fortalecerse. Si la máquina hace sola el ejercicio, el beneficio para nuestro cuerpo sería nulo.Con nuestro cerebro ocurre exactamente lo mismo. Y si lo acostumbramos a dejar de hacer ejercicio, si lo acostumbramos a no esforzarse, se atrofia.La escuela es el gimnasio donde el cerebro aprende a pensar. Leer con atención, escribir, recordar, resolver problemas, equivocarse, corregir y volver a intentarlo pueden parecer actividades lentas e incluso ineficientes. Y puede que lo sean, ¡pero ahí radica su riqueza! Porque son precisamente los ejercicios que desarrollan la atención, la memoria de trabajo, el pensamiento abstracto y la perseverancia.La psicología del aprendizaje ha demostrado que existen las llamadas “dificultades deseables”: esfuerzos que vuelven una tarea más difícil en el corto plazo, pero que producen aprendizajes mucho más profundos y duraderos. Intentar recordar fortalece más la memoria que releer una respuesta. Resolver un problema desarrolla más capacidades que copiar el procedimiento de alguien más.Hay una enorme diferencia entre eliminar obstáculos innecesarios y eliminar el esfuerzo intelectual.¿Quieren un ejemplo? ¡Fácil! La calculadora. No es lo mismo una calculadora en manos de un ingeniero que en las de un niño que apenas está aprendiendo fracciones.El ingeniero ya desarrolló el razonamiento matemático y puede utilizar la tecnología para ahorrar tiempo. En ese caso, la herramienta potencia una capacidad previamente construida. Pero cuando un niño resuelve fracciones no está aprendiendo únicamente a encontrar denominadores comunes.Está entrenando su memoria de trabajo, su atención, su pensamiento abstracto y su capacidad para probar distintos caminos hasta encontrar una solución.Quizá ese niño nunca vuelva a resolver una fracción a mano cuando sea adulto. No importa. El cerebro que desarrolló al intentarlo será el que años después pueda comprender un problema complejo, formular una hipótesis, detectar un error o imaginar una solución.Por eso, la Inteligencia Artificial puede ser una buena herramienta educativa, pero no convertirse en un atajo permanente. Puede funcionar como el andamio que ayuda a construir un edificio, pero si el andamio sustituye toda la construcción, el edificio nunca llega a levantarse.La tecnología debe reducir el esfuerzo mecánico, no eliminar el esfuerzo intelectual. Por eso hay que valorar muchas cosas que damos por obvias. Que un padre o una madre comprendan por qué vale la pena que su hijo haga divisiones largas... y, sobre todo, que un estudiante descubra que ese esfuerzo que hoy parece innecesario no busca complicarle la existencia, sino construir el cerebro con el que resolverá problemas durante toda su vida.Las tecnologías seguirán resolviendo los problemas conocidos. Pero las grandes preguntas del futuro seguirán necesitando algo que ninguna máquina puede entrenar por nosotros: un cerebro que haya pasado suficientes años entrenándose en ese gimnasio llamado escuela.