Martes, 13 de Octubre 2026

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Elegía por López

Por: Héctor de Mauleón

Elegía por López

Elegía por López

Caudaloso casi siempre a la hora de asentar los datos que prodigó a granel en los tres tomos de “La Ciudad de México”, un libro publicado en 1900, con unas dos mil 500 páginas de información sobre la historia de calles y edificios de la capital del país, el cronista José María Marroqui se mostró extrañamente escueto al abordar la calle de López: esa ruina que hoy va, entre vendedores ambulantes, hoteles, cantinas, vecindades y edificios caídos en desgracia, de Avenida Juárez a Salto del Agua.

Solo 29 líneas que no aclaran uno de los grandes misterios de la ciudad: a cuál de todos los López se conmemora en esa vía.

“La calle y su nombre son antiguos”, escribe Marroqui en el párrafo final del texto, y ahora llevamos 126 años preguntándonos quién demonios habrá sido aquel señor.

En 1857, López no llegaba aún a Salto del Agua: terminaba en Independencia. Dice Marroqui que su primer tramo era un callejón estrechísimo en el que no cabían carros ni coches, y al que le seguía un segundo callejón conocido como Espalda de San Juan de Letrán, porque se hallaba precisamente a las espaldas del célebre colegio donde en tiempos virreinales se educaba a los niños mestizos.

Cuando las leyes de desamortización sacaron a remate ese colegio, el empresario Francisco Somera, precursor del desarrollo inmobiliario fuera del casco histórico de la ciudad, y desarrollador, entre otras cosas, de la Colonia San Rafael, adquirió varias casas ubicadas en López y la Espalda de San Juan de Letrán y decidió tirarles la primera crujía para que la calle pudiera ganar seis metros.

López se fue extendiendo hacia el Sur: en los años 30 del siglo XX era un corredor arquitectónico en el que radicaban algunos de los ejemplos más deslumbrantes de una corriente en boga: el art deco: en 1930 se construyó el Edificio Victoria, en 1935 el Edificio Rex y no tardó en llegar por esos mismos años uno de los grandes testimonios del esplendor de ese estilo: el Edificio Victoria, situado en el número 44.

Felipe Teixidor narra en sus “Memorias” que un buen día los habitantes de la ciudad encontraron en las esquinas a grupos de personas que hablaban a gritos. Tenían los brazos velludos y fumaban como chacuacos. El presidente Lázaro Cárdenas había enviado a Francia el telegrama 1699: “Manifieste gobierno francés que México está dispuesto a acoger a todos los refugiados españoles residentes en Francia en el menor tiempo posible. Todos los refugiados quedarán bajo la protección del pabellón mexicano”.

Se había dado el gran éxodo español tras la caída de Barcelona a manos del franquismo y cientos de miles habían dejado el país para refugiarse en Francia, donde fueron recluidos en campos de concentración.

A través del Servicio de Emigración de los Republicanos, más de 200 mil personas fueron repartidas en diversos países. Entre 1939 y 1942, más de 20 mil exiliados llegaron a México. En los barcos que recalaron en Veracruz venía de todo: filósofos, antropólogos, historiadores, juristas, arquitectos, geógrafos, químicos, escritores, periodistas, pintores, médicos, enfermeras, veterinarios, farmacéuticos.

Se calcula que la tercera parte del exilio estuvo formada por profesionistas. Su impacto en la ciudad no tardó en hacerse visible.

La calle dedicada al misterioso señor López (¿Gregorio López, el médico y místico que murió en 1596 y dejó el libro conocido como “Tesoro de Medicinas”? ¿Martín López, el constructor de los 13 bergantines con que los hombres de Cortés sitiaron Tenochtitlan?...) se convirtió en la gran vía del exilio.

En su libro, “Calle López. Barrio español” (2019), Sergio de Miguel Agüero narra que los recién llegados ocuparon, casi en su totalidad, los edificios que había en la calle. La congelación de las rentas decretada en tiempos de Ávila Camacho favoreció a la gran mayoría de los refugiados, que se extendieron también por Revillagigedo, Aranda, Peredo, Dolores, Victoria y Delicias, y llegaron a Bolívar, Uruguay, Venustiano Carranza, República de El Salvador y Bucareli.

El área ocupada fue conocida como “el vecindario”, “el barrio español” o “la pequeña España”.

Era la hora del café Villarías, de la tienda de ropa Mari Pili, la panadería La Pilarica, de la chocolatería El Moro, de la Casa Rosalía, de los cafés Tupinamba y El Chufas, de la carnicería Alicia y de la quesería La Noche Buena.

Hubo sectores de la población, el México xenófobo, católico y conservador, que vio con horror a los exiliados, a los que se tildó de rojos, comunistas, anarquistas, ateos e “hijos espirituales de Stalin”. Los propios españoles que simpatizaban con Franco criticaron la llegada de sus paisanos. Una violenta campaña de prensa llegó a provocar agresiones en las calles. Las Cámaras de Comercio arguyeron que la llegada de los republicanos quebraría la economía.

Otros sectores, en cambio, les abrieron los brazos. Los médicos fueron absorbidos en hospitales e institutos que se abrían entonces: Cardiología, Nutrición, el Hospital Infantil Federico Gómez.

Hoy es muy difícil pensar en la Época de Oro del cine mexicano sin Luis Buñuel, Luis Alcoriza, Ángel Garasa, Ofelia Guilmáin, Consuelo Guerrero de Luna, Enrique García Álvarez, Manuel Fontanals, Antonio Díaz Conde, José Baviera, Jaime Salvador…

Todo convergió en algún momento en la calle de López y en los alrededores del Centro Republicano Español, “la voz del exilio”.

Hoy queda poco de aquel mundo en ebullición. Alguna vez, los cafés de López, los restaurantes de López, los bares de López y los comercios de López fueron referencia indiscutible. Algo portentoso había ocurrido en esa calle en la que se fundían sabores y olores de otras tierras.

Ahora, uno camina por ese sitio y solo piensa en salir de ahí.

¿En qué momento se nos fue todo de las manos? ¿Cuándo dejamos que se instalaran las ruinas, el abandono, la mugre, la inseguridad?

Como Quevedo en Roma, busco a López en López, y no la encuentro. Duele mucho saber que no la encontraré más.

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