Domingo, 18 de Octubre 2026

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Gallos y serenatas

Por: Abel Campirano

Gallos y serenatas

Gallos y serenatas

Esta página arrancará suspiros y muchos y muy gratos recuerdos. . Todavía me tocó disfrutar de la etapa romántica de los noviazgos tradicionales de la bella época en las décadas de los cincuenta, sesenta y principios de los setenta del siglo XX.

El cortejo se iba entretejiendo con las melifluas charlas bajo el alféizar de la ventana. La noche, la luna, las estrellas y el olor a jazmín eran los mudos testigos del enamoramiento.

Cuando salíamos a pasear con la cortejada, siempre ella iba acompañada; el casi eterno chaperón cuyas funciones finalizaban cuando se pedía la mano o cuando la relación por desgracia terminaba.

Generalmente era la hermana, el hermano o una prima. El caso es que no se podía salir solo con la muchacha, siempre tenía que ir acompañada.

La salida más esperada era ir a misa en la tarde de los domingos, para de ahí ir a tomar una nieve, a caminar por el centro; claro también el sábado podía uno invitar a la novia a ir al cine, pero la condición era que los papás le dieran el permiso y con la prohibición de ir a los cines Cuauhtémoc o el Colón que exhibían películas subidas de tono.

Cuando había una tardeada o un baile, el retorno a la casa de la novia era temprano y como siempre, con el chaperón o la chaperona, lo que limitaba mucho la convivencia porque restaba la libertad en las conversaciones la presencia inevitable del testigo permanente.

Y sí, exactamente lo que usted está pensando, noviazgo chapado a la antigua. Pues así era la cosa, así eran las reglas del juego. Pero así fuimos educados desde pequeños, procurando no dar de qué hablar a la gente ni respecto a nuestro comportamiento y mucho menos faltar al respeto a la novia o a su familia.

Cuando ya se había establecido una relación formal de noviazgo, previo permiso de los padres de la novia, ya uno podía entrar a la casa donde era recibido en la sala, siempre con la mirada indiscreta de los hermanos mayores o las mamás que procuraban no dejar sola a la muchacha con el pretendiente. Decían los antiguos, ¡silbando y aplaudiendo muchachos!

El ingreso a la casa de la novia era precedido del consabido interrogatorio de la mamá, el papá o ambos, que, en tono amable y educado, pero también firme e inquisitivo, nos preguntában quienes éramos, que hacíamos, de donde veníamos, nuestra edad, donde vivíamos, quienes eran nuestros padres y a qué se dedicaban; se trataba de conocer al futuro yerno.

Aprobado el primer examen, ya podía uno platicar en el porche o en la sala y como decía siempre con la pasadera vigilante de la familia lo cual en realidad era incómodo para unos y otros, pero así era la cosa.

El cortejar a una muchacha incluía algo que era lo que realmente le daba sabor al caldo, era la dosis romántica por excelencia y consistía en llevarle serenata o gallo y siempre con un buen ramo de flores que si la muchacha no abría la ventana se le dejaba en la puerta de su casa.

La serenata era llevada después de las 9 de la noche y el horario no era caprichoso, lo que sucede es que mucho antes de que a alguien se le ocurriera presentar una iniciativa de ley anti-ruido, en la Guadalajara de finales del siglo XIX y principios del XX ya existía un reglamento municipal que establecía normas respecto a las serenatas por lo ruidosas que pudieran resultar; de ahí surgió lo que después se consideró tradición: las serenatas o conciertos en la Plaza de Armas, los jueves y los domingos de las siete a las nueve de la noche, que incluso eran supervisadas no solo por los inspectores del Ayuntamiento, sino por comités de damas que años más tarde integraron la Liga de la Decencia, tema del que me habré de ocupar en mis próximas columnas.

Bueno, el caso es que, para llevar serenata a la novia, tenía uno que pedir el permiso correspondiente a la oficina de reglamentos municipales precisándoles el lugar y la hora pues se corría el riesgo que en el apogeo de la música llegaran los inspectores y no solo la suspendieran, sino que se llevaban detenidos a músicos y al galán incluido.

Los gallos estaban autorizados a partir de las 12 de la noche y se llamaban así por una analogía con el cantar del gallo que desde muy temprano era el despertador ya que por aquel tiempo en nuestra había muchas casas que tenían gallos y gallinas, como si fueran pequeñas granjitas dentro de la ciudad.

Igual que las serenatas, la música era usualmente interpretada por tríos, o mariachis, aunque a mí me tocó acompañar a un estimado amigo a llevarle serenata a su novia, pero llevó ¡una marimba! que le causó muchas dificultades porque había que subirla a una camioneta que había alquilado en el sitio Zaragoza y quería ponerla en la banqueta, pero los camioneteros se opusieron por lo de la subida y bajada del armatoste, y los marimberos tuvieron que dar su concierto arriba de la camioneta; lo más curioso del caso, es que la novia era sinaloense, y abrieron la serenata con Mazatlán, siguieron con El Sauce y la Palma, el Muchacho Alegre y cuando mi amigo les pidió Las Isabeles resultó que no se la sabían, y se acabó la música del norte y se enfilaron a tocar música chiapaneca que ni la Marimba de Zeferino Nandayapa hubiera gustado tanto.

Esa peculiar serenata resultó todo un éxito con todo y los problemas con el transporte, los músicos y los temas musicales iniciales. Bueno, cada uno. Por si tienen curiosidad en saber el desenlace, mi amigo está felizmente casado con esa novia sinaloense a la que le llevamos la serenata.

Las serenatas y los gallos eran tema de los comentarios y corrillos del barrio; a la mañana siguiente, los vecinos se preguntaban quién y a quien le habían llevado música, y la gran mayoría alababan el buen gusto musical del enamorado y la excelente ejecución de las piezas musicales seleccionadas, y era secreto a voces en el vecindario que deseaban que fueran más frecuentes y con más canciones, porque valía la pena la desvelada.

El repertorio era básicamente de canciones románticas; los tríos interpretaban en versión propia los éxitos de Los Panchos, Los Diamantes, Los Tres Ases, Los Dandys o Los Jaibos. Cuando se lleva mariachi, la canción bravía era más propia de los Gallos y tocaban La Madrugada, Entrega Total, Si nos dejan, Amor de los Dos, Ya llegó tu enamorado, Que bonito amor y otras por el estilo.

La familia de la novia quedaba encantada y era el paso firme y encaminado a la formalización del noviazgo, que también tenía su parafernalia, puesto que antes se acostumbraba que, en el día de la pedida de mano, el novio acudía acompañado de sus papás y cuando era uno viudo, los acompañaba también un sacerdote quien fungía como respaldo moral.

La petición de mano era motivo de un brindis; en esa reunión, se establecían los pormenores: la fecha de la boda, el Templo donde se casarían y el destino de la luna de miel y los posibles padrinos de velación; era el día en que se ponía en marcha toda la planeación de ese hermoso momento que finalmente desembocaría en el altar.

Cuando ya se tenía la fecha de la petición de mano, se invitaba a los reporteros de sociales, para que cubrieran el evento para dar debida difusión a esa alegría de ambas familias que a través del sueño hecho realidad del enlace de sus hijos, y establecerían nuevas relaciones o fortalecerían las ya existentes pues en muchos casos se conocían de tiempo, pero no se había formalizado entre los hijos su relación.

Tiempos muy distintos a los de ahora, y aunque se piense que eran excesivamente formales las relaciones, garantizaron matrimonios duraderos, porque los noviazgos tenían un proceso, un tiempo de conocimiento, trato y adaptación con la intención de llegar al matrimonio, siempre en una relación de absoluto respeto.

Incluso en la legislación civil en Jalisco, se regulaba la institución del noviazgo que eran los Esponsales, definidos como la Promesa recíproca de futuro matrimonio que se hace por escrito y es aceptada, institución que cayó en completo desuso porque poco a poco se fueron privando las relaciones de tantas formalidades.

Las generaciones de hoy son distintas y las costumbres igual, pero los recuerdos de aquellos tiempos, amenizados por las serenatas y los gallos, permanecerán por siempre, como una de las muestras más bellas y románticas de la juventud de aquel tiempo, en donde los varones seguían al pie de la letra el principio de que a la mujer se le conquista con las palabras y se le seduce con las caricias, pero todo a su debido tiempo y guardando siempre la prudencia, la distancia y el respeto a la dignidad de la mujer, a su honra y al decoro de las familias.

A mis lectores casados, una sugerencia: más tardecito, dense un tiempo para que escuchen un ratito juntos música de tríos, tómense de la mano y síganse diciendo te quiero.

Los dejo por hoy; nos encontraremos aquí en EL INFORMADOR, el próximo domingo si Dios me lo permite. Ya saben: café, bísquets, mantequilla y mermelada de fresa.

lcampirano@yahoo.com

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