Viernes, 15 de Mayo 2026

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La ballena en la habitación

Por: Héctor Romero González

La ballena en la habitación

La ballena en la habitación

Escribo estas líneas desde el México más pelágico: el Archipiélago de Revillagigedo. Un sitio tan remoto que para llegar hay que atravesar más de treinta horas de altamar, así como conversaciones incómodas sobre cómo prevenir el mareo o dónde vomitar, si los consejos fueron inútiles.

Una experiencia única. Aquí convergen corales, peces, delfines, mantarrayas gigantes, ballenas y variedad de tiburones que, contrario a lo que Steven Spielberg nos pudo hacer creer, son menos peligrosos que automovilistas en la Minerva.

Los verdaderos depredadores son la pesca industrial, la contaminación, el turismo de alto impacto; esa costumbre humana de explotar todo hasta romperlo. Todas las amenazas a los océanos vienen desde tierra.

Por eso, más allá de la aventura comandada por “Pirro” de la agencia Taniwha, este sitio resulta esperanzador. Es un oasis para los mares, sus animales y demás organismos que, aquí, pueden respirar. Y eso ocurrió gracias a una decisión que rara vez produce entusiasmo: prohibir cosas.

Si bien desde 1994 se declaró la región como área natural protegida, no fue sino hasta 2017 que adquirió la categoría de parque nacional y, con ello, se prohibió la pesca, tanto comercial como deportiva.

Naturalmente, la medida provocó protestas inmediatas. Porque en este país siempre aparece alguien dispuesto a explicar que extinguir especies genera empleos.

Lo asombroso es que la política pública no solo fue exitosa en cuanto a la conservación, sino que se ha demostrado que la industria pesquera no se contrajo y, posiblemente, se fortaleció.

Hoy, Revillagigedo es un ejemplo de cómo sí deben hacerse las cosas y que, muchas veces, simplemente no queremos hacerlas.

Lamentablemente, el contraste con las zonas neríticas (costeras) es brutal. Según datos del doctor Adolfo Tortolero, académico de la Universidad de Guadalajara, aproximadamente el 95% de los arrecifes de coral del Pacífico mexicano han muerto y, con ellos, los ecosistemas y servicios que sostenían.

Revillagigedo sobrevivió porque alguien tomó una decisión impopular y la sostuvo. Tal vez por eso resulte tan alentador, porque en tiempos donde todo parece degradarse, todavía existen sitios donde la naturaleza conserva la absurda costumbre de seguir viva.

Pero hay un elefante en la habitación o, tratándose de mares, posiblemente una ballena. Los océanos no necesitan grandes acciones del ser humano, en realidad, bastaría con dejar de destruirlos.

Mientras la humanidad resuelve ese pendiente, todavía hay formas sencillas de involucrarse. Participar en programas de ciencia ciudadana, apoyar proyectos de restauración de arrecifes o, al menos, ser un poco más conscientes con los mares y los productos que de estos vienen o llegan a ellos.

En las costas jaliscienses destacan los esfuerzos de la Universidad de Guadalajara y del Tecnológico Nacional de México, donde científicos, estudiantes y voluntarios intentan devolverle un poco de vida a ecosistemas cada vez más desgastados.

hecromg@gmail.com

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