Hay pocas instituciones en el mundo que han logrado pervivir, en una línea de continuidad que va de la tradición a la modernidad, a lo largo de varios siglos. Por ello, es motivo de regocijo para México conmemorar el 475.º aniversario de la fundación de la Universidad de México, que ha llegado hasta nuestros días con el nombre, a partir de 1929, de Universidad Nacional Autónoma de México.Nuestra UNAM representa la persistencia de una profunda aspiración: construir en México una institución dedicada a la generación del conocimiento, la deliberación y la formación de quienes habrían de pensar y conducir la vida colectiva. En esa prolongada trayectoria, la Universidad ha acompañado las transformaciones del país y ha participado, en ocasiones de manera decisiva, en la definición de sus horizontes culturales, científicos y políticos.La fundación de la Universidad Nacional en 1910 y la conquista de la autonomía en 1929 modificaron radicalmente el sentido de esa herencia. Gracias a la conquista de la autonomía, la Universidad se convirtió en un territorio institucional de libertad, dentro del cual ha sido posible investigar, crear, enseñar, disentir y someter a crítica incluso las certezas sobre las que descansa el orden establecido.A partir de esa transformación, la UNAM se ha consolidado como uno de los proyectos sociales más ambiciosos de la historia moderna de México. En una sociedad atravesada por desigualdades persistentes, la Universidad pública abrió para numerosas generaciones la posibilidad de modificar el curso de sus vidas. Por ello, hablar de la UNAM como un motor fundamental de movilidad social es mucho más que una fórmula ceremonial. En sus aulas, laboratorios, bibliotecas, talleres y recintos culturales, cientos de miles de personas han encontrado y forjado una profesión, pero, sobre todo, una forma distinta de comprenderse a sí mismas y de situarse frente al mundo. La educación universitaria ha sido, para muchas familias, la experiencia concreta de que el origen social no tiene por qué determinar irrevocablemente el destino.Por esas mismas aulas pasaron las tres personalidades mexicanas reconocidas con el Premio Nobel: Alfonso García Robles, Octavio Paz y Mario Molina. A ellas se suma una constelación extraordinaria de escritoras, escritores, científicos, artistas, filósofos y humanistas distinguidos con el Premio Cervantes, el Premio Príncipe -hoy Princesa- de Asturias y otros de los mayores reconocimientos internacionales.Aunado a ello, la grandeza de la UNAM reside también en las generaciones de docentes, investigadores, médicos, ingenieros, juristas, artistas y profesionales que han dedicado su trabajo cotidiano a sostener las instituciones, ampliar el conocimiento y servir a la sociedad mexicana.La UNAM ha sido igualmente un semillero de la vida pública nacional. Este hecho muestra la amplitud de su influencia, pero también revela su espíritu abierto y pluralista: la Universidad ha formado a quienes administran el poder y, simultáneamente, preserva y alienta los espacios desde los cuales ese poder puede ser examinado, impugnado y transformado.La Universidad ha creado, además, una parte esencial del mundo simbólico de México. Su literatura, su música, su teatro, su arquitectura, sus artes visuales, sus editoriales y sus espacios de difusión cultural han ensanchado el horizonte sensible del país. En ella, la ciencia y las humanidades son territorios convergentes: formas complementarias de interrogar la realidad y proteger la dignidad humana frente a la ignorancia, el dogmatismo y la violencia.Celebrar estos 475 años exige, por ello, una tarea compleja hacia una renovada responsabilidad con el pasado, pero, sobre todo, con el presente y el porvenir de la institución. De ahí la relevancia de la iniciativa del rector Leonardo Lomelí de llevar a cabo esta conmemoración, porque permite pensar el futuro a una nación a la que le urge fortalecer todas las universidades públicas e instituciones de educación superior.Esta conmemoración nos recuerda que la UNAM le pertenece a la nación porque mantiene activa la posibilidad de imaginar un país distinto; porque es casa de nuestra memoria y recinto abierto hacia el porvenir.