Las micro, pequeñas y medianas empresas representan más del 99% de las unidades económicas en México y emplean a cerca de 27 millones de personas. Son, en el discurso oficial, la columna vertebral de la economía. En la práctica, atraviesan uno de los entornos más exigentes de la última década, atrapadas entre la promesa de la relocalización industrial y una serie de fragilidades estructurales que ningún discurso ha resuelto.El primer problema sigue siendo el financiamiento. Apenas una de cada cuatro MPyMes accede a crédito formal y el resto sobrevive con recursos propios, préstamos informales o, cada vez más, factoraje financiero como sustituto de la banca tradicional. Las tasas de interés elevadas y los requisitos de garantías convierten el crédito en un privilegio más que en una herramienta de crecimiento.A esto se suma una carga fiscal que se intensifica. El Paquete Económico para este año introdujo una retención del 10.5% sobre ventas en plataformas digitales y ajustes al IEPS, golpeando justamente a las empresas que habían apostado por el comercio electrónico como vía de escape del estancamiento. El aumento al salario mínimo y la reducción de la jornada laboral, deseables en términos sociales, representan también un incremento real en costos operativos que muchas MPyMes no tienen margen para absorber.El segundo gran problema es de índole geopolítico, aunque rara vez se expresa de esta forma. La revisión obligatoria del T-MEC en 2026 introduce una incertidumbre que paraliza decisiones de inversión: la posibilidad de aranceles en sectores como el automotriz, el acero y el textil amenaza cadenas de proveeduría que dependen, en última instancia, de miles de este tipo de empresas mexicanas integradas como proveedores de segundo y tercer nivel. El nearshoring, presentado durante años como la gran oportunidad histórica de México, exige estándares de calidad, certificaciones internacionales y capacidad de respuesta logística que la mayoría de estas empresas no puede cumplir sin apoyo institucional decidido, algo que sigue siendo escaso fuera de unos cuantos clusters industriales.El tercer frente es la inseguridad, que los propios empresarios identifican como el factor coyuntural más mencionado al evaluar el clima de negocios, por encima incluso de la política comercial exterior. El costo de la extorsión, el robo y la necesidad de medidas privadas de protección no aparece en ningún balance contable, pero erosiona la rentabilidad y desincentiva la inversión, particularmente fuera de las grandes zonas metropolitanas.Finalmente, persiste una brecha de productividad y digitalización que combina causas internas y externas: procesos no estandarizados, dependencia de personas clave, escasez de talento técnico calificado y una adopción tecnológica que sigue siendo básica en la inmensa mayoría de los casos. La inteligencia artificial y la automatización dejaron de ser opcionales, pero la capacitación necesaria para aprovecharlas avanza más lento que la presión competitiva que las vuelve indispensables.Ninguno de estos problemas es nuevo, pero su simultaneidad en 2026 —entre revisión comercial, presión fiscal, inseguridad persistente y rezago tecnológico— configura un escenario donde la resiliencia histórica de las micro, pequeñas y medianas empresas enfrenta un límite estructural. La pregunta de fondo ya no es si este tipo de empresas pueden sobrevivir individualmente a este entorno, sino si el país está dispuesto a construir, finalmente, la arquitectura institucional de financiamiento, certeza jurídica y seguridad que esa supervivencia requiere. Ese es nuestro desafío.gdehoyoswalther@gmail.comTwitter: @gdehoyoswalther