Viernes, 22 de Octubre 2021

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La historia como botín

Por: Augusto Chacón

La historia como botín

La historia como botín

Uno de los pre-textos para una obra dramática de Carlos Fuentes, “Todos los gatos son pardos”, surgió en una conversación que el autor tuvo con el dramaturgo estadounidense Arthur Miller, quien comentó que uno de los rasgos de la historia de la Conquista de México que siempre le atrajeron fue el encuentro de un hombre que lo tenía todo, Moctezuma, con otro que no nada poseía, Hernán Cortés. Habituados a mirar a los conquistados como víctimas sometidas, casi inermes, resalta la postura de Miller: Moctezuma era un rey, Cortés un aventurero medieval (con todo lo que esto supone). La pieza que siguió a la plática comienza así: Moctezuma “[Cae de bruces, sollozando.] Maldito, maldito, maldito... Ni enfermo, ni loco, ni débil... sólo maldito...

[Pausa. Lejano rumor de lucha.] Loco o enfermo, me habría perdido yo, pero no mi reino; débil, habría perdido al reino, pero yo me habría salvado; maldito, maldito, maldito: perdidos el reino y yo... [Sorpresa. Pega la oreja al piso.] ¿No escuchan el croar de las ranas en el tapanco? [Se incorpora, temblando, con un gesto de frágil y airado imperio.] Cempoala... Tlaxcala... vasallos traidores... con sus huestes han cercado los teules mi ciudad... Cempoala... Tlaxcala... sea dulce su venganza contra mí: dulce y fugitiva, pues sólo han cambiado una dominación por otra… [Vuelve a caer, abatido.]”

El 13 de agosto de 2021 se cumplirán 500 años de aquel drama germinal, y ya validos de Fuentes, en su cuento “Las dos orillas” habla un Jerónimo de Aguilar ficticio, basado en el real, el náufrago que Cortés rescató en Punta de Catoche (según narró Bernal Díaz del Castillo): “Yo vi todo esto. La caída de la gran ciudad azteca, en medio del rumor de los atabales, el choque del acero contra el pedernal y el fuego de los cañones castellanos. Vi el agua quemada de la laguna sobre la cual se asentó esta Gran Tenochtitlan, dos veces más grande que Córdoba.

“Cayeron los templos, las insignias, los trofeos. Cayeron los mismísimos dioses. Y al día siguiente de la derrota, con las piedras de los templos de los indios, comenzamos a edificar las iglesias cristianas. Quien sienta curiosidad o sea topo, encontrará en la base de la catedral de México las divisas mágicas del Dios de la Noche, el espejo humeante de Tezcatlipoca. ¿Cuánto durarán las nuevas mansiones de nuestro único Dios, construidas sobre las ruinas no de uno, sino mil dioses? Acaso tanto como el nombre de éstos: Lluvia, Agua, Viento, Fuego, Basura…”.

La conmemoración pone al gobierno actual ante la posibilidad de practicar una de sus muecas favoritas: victimizarse, y mejor si es por medio de terceros. Una de las voceras más conspicuas del gobierno de la República, Claudia Sheinbaum, declaró: "A un mes de lo que históricamente se ha llamado la caída de México-Tenochtitlan, del (sic) que se cumplen 500 años, nosotros, junto con el Gobierno de México, el 13 de agosto estaremos conmemorando los 500 años de resistencia de nuestros pueblos originarios". Lo meritorio es resistir, es decir, que otras y otros resistan, y hacer casi nada para que esa resistencia sea innecesaria. El 19 de abril de 1965, Miguel León-Portilla, a la sazón director del Instituto Indigenista Interamericano, expresó: “No puede pensarse, ni menos iniciarse cambio cultural alguno, si se prescinde de la fisonomía y características propias que determinan la estructura de la comunidad indígena. Para emprender cualquier proceso de cambio en aspectos tan importantes como el desarrollo económico, la sanidad, la educación, etc., es necesario partir de un conocimiento integral de la realidad cultural y de la estructura propia de los diversos tipos de comunidades, dentro de sus propios contextos regionales y nacionales.” Que “los de antes” omitieran la sabiduría de León-Portilla es entendible -por eso son “los de antes”- pero que el gobierno que se presume transformador pase por sobre la oposición de las comunidades indígenas al Tren Maya o al transoceánico es curioso, o tal vez las resistencias ancladas en el siglo XVI son las buenas, se escriben con mayúscula y se les prenden foquitos en el Zócalo.

500 años. La caída de Tenochtitlán. La Conquista. Épica en los dos bandos; tragedia incesante de los pueblos originarios; la cultura que todo esto propició y la identidad de una nación que terminada la Colonia decidió llamarse al modo prehispánico: México. Desde cuál ladera rememoramos. Miguel Léon-Portilla, en el libro “De palabra y obra en el Nuevo Mundo” (1992): “El mexicano moderno, de un modo u otro, no ve del todo extraños a indios y españoles. En realidad, su propio ser guarda relación insuprimible con unos y otros.”

Sí, los pueblos originarios han tenido que resistir, pero luce como que el solo rescate para que dejen de soportar lo que en cinco siglos han tolerado es extirpar aquello de español, de ajeno, que haya entre ellos, es decir: si Cortés y sus huestes, a quienes los mexicas, luego de superar la noción de que era dioses, pusieron en la categoría de popolocas, bárbaros, no hubieran ganado la guerra, los indígenas estarían mucho mejor, sin el resto, los mestizos. ¿No será que las condiciones miserables en que están la gran mayoría de ellas y ellos se deben más al clasismo, al racismo y a la corrupción con los que desde hace quinientos años nos hemos adornado? Más que a un suceso portentoso que sigue estimulando la reflexión, el dolor, el coraje y la fascinación, aunque ahora los oportunistas lo usen para tratar de situarse en un antes previo a “los de antes” y fingir que la historia recomienza, sin cambiar de ruta. Después de todo, y al inicio, los aztecas no eran un dechado de inclusión, del ensayo de León-Portilla: “Una vez más, la imagen del otro, da base a los mexicas para poner en evidencia lo que se tiene como despreciable o malo: el otomí es tonto, «¿eres tú acaso un otomí?»; el huaxteco anda embriagado, «¿eres tú tal vez un huaxteco?».”

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